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El universo de la cultura en la década del 50 magistralmente contado por Ernesto Goldar


Del libro de Ernesto Goldar “Buenos Aires: vida cotidiana en la década del 50”, reproducimos el Capítulo VII: La cultura

2010-02-04
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Ernesto Goldar
“Buenos Aires: vida cotidiana en la década del 50”
Editorial Plus Ultra, 1992.


Capítulo VII: La cultura


LA CULTURA


El universo de la ilustración en Buenos Aires pasa por el mundillo de una sola élite, la de la revista Sur, fundada por Victoria Ocampo. En 1951 se produce un hecho elocuente que señala el comienzo del fin del apogeo de la revista, no sólo en relación a su tirada sino a su contenido. Sur grande –copiada de una revista inglesa- aparece hasta los primeros meses del cincuenta con tapas de colores, desmesurado volumen, cierto lujo y precio alto. Su temática es marcadamente europeizante. En la fecha que indicamos se produce un cambio de forma. Sur empieza a ser chiquita, con tapas descoloridas, menor número de páginas, ajuste del precio y por consiguiente menos difusión. Lo que interesa marcar, es que al revés formal se le adiciona un novedoso cambio en el contenido, o por lo menos, la desconcertante mudanza que implica introducir ciertos temas hasta hace muy poco ignorados por completo. Concretamente: comienzan a publicarse en Sur artículos de línea americanista y “argentinista”, para nominarlos de algún modo. De este viraje no es del todo consciente la directora ni el equipo de hacedores selectos.
A Victoria Ocampo se la ve pasar, precipitada, hacia las oficinas de San Martín y Viamonte donde funciona la revista, mientras que el grupito de redactores, José Bianco, Héctor A. Murena, Alberto Girri, Viola Soto, hacen vida social en el Jockey Club, de Viamonte y Florida, donde saborean “claritos” y ahuyentan colaboraciones de escritores noveles. El Jockey es un bar para intelectuales refinados al estilo europeo y nada bohemios. Circula un chiste de Patricio Canto que dice:”Sur es una monarquía constitucional, Victoria Ocampo es la reina que reina pero no gobierna. Pepe Bianco es el primer ministro, Murena es el favorito del primer ministro, quien es el que realmente gobierna”. Canto lo dice con no poco resentimiento, ya que el había pretendido ser el favorito, desplazado ahora por Murena. Será cuando la revista cae bajo el dominio de Murena, el momento en que se originan los cambios. Este escritor ha publicado en la revista Verbum, por 1948, El pecado original de América, fuertemente influenciado por Ezequiel Martínez Estrada. Como su maestro, busca en misteriosas potencias raigales la razón histórica de América. Continuando la impronta se pone a escribir para Sur una serie de notas que titula Los penúltimos días. Es una suerte de diario donde se habla de las cosas más variadas, que tienen una constante: siempre son temas americanos, problemas argentinos y de literatura nacional.
Murena no escamotea el presente, y luego de atreverse a hablar sobre Hipólito Yrigoyen –y no se trata de diatribas- se pone a indagar sobre Perón, y aún más, sobre la mayor oportunidad política del peronismo con respecto al partido socialista. Son cuestiones insólitas, justificaciones tenidas como procaces por la cosmovisión liberal de la época. El carácter inédito de los textos elaboradas por Murena provocan impacto en los intelectuales de ideas fijas, chocan pero al mismo tiempo resultan atractivas por el sesgo infractor que poseen y sobre todo, por su inocultable carga de moda, a la que todo intelectual y joven, si se precia de ambas cosas, sabe que hay que rendírsele. El asunto no se da de golpe pero prende. “El europeísmo está pasado” –se confiesan. “Ahora hay que descubrir al país, hablar del drama de América”, -prosiguen- para embalarse en su propio ritmo: “Desacralizar, desmitificar, hacer tremendismo verbal, exaltar lo popular, rescatar lo feo”. En la praxis de la tertulia literaria esta impronta quiere decir: “rodear a Murena”.
Pero, como siempre sucede, los epígonos son más avanzados que los iniciadores. Murena ha sido sólo un puente entre el europeísmo y el americanismo; él ha escrito algunas cositas sin segunda intenc9ión, sin proponerse ni imaginarse hacia dónde derivarán las cosas. Por lo demás, ya no le interesa ni puede detener el atractivo de la nueva corriente. Parece increíble, pero será desde Sur, leyendo a H. A. Murena, donde se nutre, por lo menos emocionalmente, lo que se llamará “la generación del 50” y será nacionalista, populista, peronista o frondizista según la suerte o la oportunidad que los años de esa década le deparen a cada uno de sus integrantes.
Los “parricidas”, como se les llamó y se autollamaron, aceptan como gran padre –antes de aborrecerle- a Ezequiel Martínez Estrada. Quien les pone el sobrenombre es el literato uruguayo Emir Rodríguez Monegal; toma el rótulo de un artículo de Murena editado en Sur que se llamó Edgar Allan Poe y los parricidas, donde sostenía, entre otras divagaciones culposas, que los americanos son parricidas porque han matado al padre: Europa. Componen la generación del •50 los escritores David e Ismael Viñas (afiliados al partido Radical), Juan José Sebreli, León Rozitchner, Noé Jitrik, Ramón Alcalde, Oscar Masotta y algunas muchachas modernosas, la periodista Adelaida Gigli, Regina Gibaja, quien posa de inteligente y Susana Fiorito, dedicada por entero a la militancia política. El año de nacimiento del nuevo grupo es 1953, cuando se manifiesta en el primer número la publicación que los aglutina, Contorno, expresión con que también se lo designará. Hay un intento anterior, Las ciento y una, orientada por Murena, que cumple un sólo número. Aquí entra, a través de un chisme, la vida cotidiana en la vida cultural. Se dice y se confirma en las humosas mesas del bar Florida, de San Martín y Viamonte, donde los jóvenes han montado su cuartel cívico, que Las ciento y una dejan de salir porque en el segundo número iba a aparecer una crítica a Heterodoxia de Ernesto Sábato. Parece que a los iracundos del 50 no les gusta nada la posición de Sábato, reticente a adscribirse a la tendencia por ellos inaugurada. “Sábato no es americanista” –critican los europeizantes de la víspera- y este pecado de lesa pampa no puede perdonarse. De pronto, aceptan horrorizados la versión de que Sábato, para evitar el brulote, habló con un empresario de la editorial Raigal, que financia la revista, y ha conseguido que les quiten el apoyo. El grupo está eufórico; como les corresponde a los iconoclastas, han sido reprimidos. Enseguida, reanimados de este primer choque con las letras consagradas, los Viñas sacan Contorno y copan Centro, de los estudiantes de Filosofía y Letras. Contorno entrega ocho números, el más famoso, 7-8 en 1956, es una reivindicación del peronismo caído. El tono es apologético, melodramático, cargándose de flagelos por la desgracia de haber nacido en “mezquinos” hogares pequeño burgueses y no alcanzar a comprender la proyección histórica de la C.G.T.
Cuando en 1958 se desarrollan las ruidosas hostilidades entre “laicos” y “libres”, los iconoclastas apretarán filas en torno a las banderas del laicismo, acaudillando a los estudiantes y haciendo hasta cuestiones de principio, ya que algunos llegarán al extremo de renunciar a los cargos públicos. Durante el conflicto también se divide la ciudad –la calle Viamonte es escenario de batallas campales- plagada de manifestaciones, trompadas, gases lacrimógenos, inscripciones en las paredes, panfletos, y en las esquinas céntricas, colectas para financiar la propaganda en alcancías de cartón, pues quienes ponen una moneda en las que dicen F.U.A. reciben una cinta color violeta, y si lo hacen en “la de los curas”, le prenden en la solapa una cinta verde.
La vida intelectual está en la calle Viamonte, del trescientos al cuatrocientos. Allí se ubican en cafés, redacciones, librerías y edificios públicos, los centros culturales neurálgicos: la Facultad de Filosofía y Letras, la revista Sur, Contorno, los existencialistas. Juan José Sebreli, un viandante nostálgico de esos años, recuerda que: “La calle Viamonte, era un recodo, más local, más íntimo, más cerrado, un lugar donde todo el Buenos Aires intelectual o bohemio –desde Victoria Ocampo al último de los existencialistas- podía encontrarse, un verdadero ghetto, tal vez el único que conoció Buenos Aires. Hay que evitar –señala- la idealización o las analogías alusivas: la calle Viamonte no fue nunca el Quartier Latin o el Montparnase parisienses, ni el Bloombury londinense ni el Village neoyorquino: en esos auténticos barrios bohemios, los intelectuales y artistas tenían sus casas y constituían por ello una verdadera vida comunitaria. En la calle Viamonte y sus alrededores nadie vivía, y cuando caía la noche todos se dispersaban por barrios lejanos. Tal vez por eso fue tan fácil desmantelar la calle Viamonte con un decreto trasladando la Facultad y con varias razzias”.

La librería de moda es Verbum. Su dueño es Vázquez, un empleado de Filosofía y Letras que los peronistas echan de su cargo. El ha creado Verbum, decorando el local amplio y antiguo con fotos dedicadas a todos los escritores del elenco estable. Ahí van Victoria Ocampo y Mallea a bucear novedades, Girri y Borges a conversar. Vázquez se distingue por recibir a los popes, y al mismo tiempo junta una fortuna monopolizando la venta de apuntes para la Facultad. Al caer Perón en 1955, el librero Vázquez consideró llegado el momento de la reparación. La universidad intervenida por José Luis Romero e Ismael Viñas lo reincorpora y asciende, progreso que lo sosiega, ya que a los pocos meses se acoge a la jubilación. Verbum tiene su ideología, es una librería donde predominan materiales nacionales, no del nacional-populismo tipo Contorno sino de un nacionalismo aristocrático, paquete, rosista a secas. Oponiéndose, en la vereda de los pares, está Letras. Totalmente distinta. La decoración es moderna, el contenido bibliográfico sofisticado, surrealista, y en vez de un ex empleado la atiende María Rosa, gordísima, sentada en silencio junto a la amiga de turno. Llegando a Florida, el viejo Gatignon, del antiguo personal de la librería Kraft, cuando tenía sección francesa, ha puesta Galatea, absolutamente parisiense. Gatignon, que anduvo con los surrealistas, por Europa, es un librero culto, inquieto, y de los que no volverán. A los libros franceses los vende más baratos que en París. Recibe puntualmente Les Temps Modernes, que los existencialistas nativos adquieren con reverencia.
En el Jockey Club, según hemos visto, paran los iniciados; en el Florida la bohemia existencial. Al Chambery, de San Martín y Córdoba, que surge luego de fundarse el teatro Los Independientes (actual Payró) por Onofre Lovero, van actores y público de teatro. Tanto al Florida como al Chambery concurren estudiantes de Filosofía y letras, cuando todavía el Cotto, de Viamonte entre Florida y Maipú, no se había convertido en el café de gran moda de los años cincuenta. Las primeras incursiones al Cotto son responsabilidad de los actores del Instituto de Arte Dramático que dirige Marcelo Lavalle. Después requisan mesas los pintores que frecuentaban el Chambery, alejados por dos o tres peleas serias con Juan, un mozo irascible que reclama modales a los iracundos cuando no consumen nada. Pero la oleada que toma por asalto al Cotto, lo posesiona y mistifica, es la infantería pensativa e indolente de los estudiantes de la Facultad. Si en los primeros cincuenta, el bar Florida –boisserie, mantel a rayas y sin reservado, ya que ahí todo debe hacerse a la vista- es el centro de la náusea existencialista, en los últimos cincuenta el Cotto emblematiza a los estudiantes que leen a Henry Miller y a Kerouac, contestatarios, indomesticables, como los beatniks, a los que imitan. Es tan grande la cantidad de gente que se reúne en el Cotto al finalizar las clases vespertinas –a eso de las siete de la tarde- que algunos sofisticados optan por trasladarse, ante la imposibilidad de oírse entre los gritos y el humo, a un bar chiquito, el Beau Geste, que se ubica enfrente. El auge del Cotto se derrumba cuando la Facultad, en los años ’60, se muda a la calle Independencia. Este traslado arrastra consigo todo el submundo intelectual de Viamonte, donde quedarán, sobreviviendo al éxodo de las librerías, que van cerrando paulatinamente por soledad, como Verbum, o pervivirán, como Letras, mediante la fidelidad de los viejos clientes. Captado enseguida por la moda hippie aparece el Moderno, en Paraguay y Maipú, desde más o menos 1959. Seguramente es habitado, en principio, por existencialistas tardíos y beatniks, pero su razón de ser serían los jóvenes hippies de la década del sesenta, nada afectos a la literatura o a la política, más amigos de pinturas y artesanías.
Ecológicamente distanciado de Viamonte, el otro grupo intelectual importante de esos momentos, es el comunista. Sobrios, exentos de extravagancias y de humor, no dan la pelea en el terreno de sus contradictores ideológicos, los “decadentes sartreanos” y los “pro-peronistas de Contorno. ”Gaceta Literaria, orientada por Pedro Orgambide y más tarde Plática, acampan en cafés de la calle Corrientes, donde desde 1955 bullen estudiantes politizados. En El Foro domina a partir de 1956 la coalición de frondizistas y comunistas que encabezan los estudiantes de derecho; La Comedia, de Paraná y Corrientes, alberga plásticos, actores, estudiantes de filosofía y letras y la “izquierda independiente”; La Paz es en esos años una confitería donde pueden ir intelectuales de edad madura, poco incursionada por los jóvenes; El Politeama, en la esquina de corrientes y Paraná es frecuentada por actores y estudiantes de arte dramático, mientras que El Colombiano, entre Paraná y Uruguay, recibe a un público anodino, esencialmente diferente del fervor hippie de los sesenta. Al Ramos, en la esquina de Montevideo, no se va, pues se lo califica de bodegón.
Los cafés típicos tienen sus personajes típicos. Son habitués insobornables, como Oscar Massota, el futuro semiólogo, que se jacta de haber pasado semanas enteras en una mesa del Cotto, donde lo rodean decenas de estudiantes. Massota es un tipo de éxito con las mujeres. Otro que encandila a los muchachitos de ojos soñadores es Sergio Mulet, bellísimo, que al poco tiempo hace una película. Conviene aclarar que la boheme del Cotto es una bohemia diurna, de horario oficinesco, que no trasnocha, ya que a las diez de la noche los inspirados se van a su casa a dormir. Uno de los personajes más famosos es Alberto Greco, un hippie avant la leerte. Greco pasa jornadas sin comer, y cuando está a punto de desmayarse es socorrido por los mozos del Jockey, que le regalan los sándwiches del día anterior. Tiene 25 años, y todo lo que ha intentado hacer terminó coronado por el fracaso. Viste como un pordiosero y es sucio, en una época donde la mugre todavía no se ha puesto de moda. Su acometida en la poesía se ve limitada por su falta de inspiración. Después de romper en el Cotto cien servilletas de papel, barrunta un poemita de alguna coherencia. Muy conforme con la obra, decide publicar. Hay obvias inconveniencias técnicas que lo decepcionan un poco, pero llevado por su empeño, inventa el libro hecho a mano de un solo poema, paciente artesanía que elabora caligrafiando cada estrofa en una página y un rápido dibujito en otra. El escaso éxito de la obra es de esperar, pero Greco no se arredra, y arremete enseguida contra la pintura. Nueva decepción; se pasa semanas sin poder combinar un color. Ya en franco desaliento, la suerte deja caer en sus manos la Historia del Surrealismo de Marcel Duchamp, el inventor de los happenings de París, por los años 40. Esta ocurrencia expresiva es lo que andaba buscando. Para hacer happening es necesario “crear una situación”, sólo un poquito de talento precisa Greco para hacerse célebre.
Sus primeras experiencias datan de 1959: el happening que conmueve a los poco acostumbrados a las travesuras del arte, es el de Plaza San Martín, donde después de conseguir que un ciruja hambriento se siente en el suelo, le hace un círculo de tiza y firma: Alberto Greco. Luego de este espectáculo insólito, comienza a considerárselo “un genio moderno tapado por la hojarasca del imperialismo”. Se le abren salones y realiza muestras desopilantes, secundado a veces por su troupe de mendigos. En los años sesenta repite sus hazañas por Europa, donde gana mucha plata. Termina suicidándose en Barcelona. Antes de quitarse la vida ha escrito la palabra “fin”, con tinta roja, en el dorso de la mano. Así se despedía Alberto Greco, el habitué del Cotto.
Otro centro cultural importante es el Instituto de Arte Moderno, que tiene sección pintura en Charcas y Florida y la de teatro en Florida al 600. El director y fundador es Marcelo de Ridder, un millonario con aspiraciones intelectuales. La parte de teatro la confía a Marcelo Lavalle, que hace cosas realmente audaces para la época, y lo hace bien, aglutinando entre actores y público un núcleo de gente estable y selecta. El Instituto exhibe las primeras muestras de arte abstracto, que tienen repercusión masiva, y organiza conciertos de jazz y de música moderna. El Instituto de Arte Moderno es, en los años cincuenta, lo que será el Di Tella en los sesenta.
Un lugar de inmediato calificado como de “reducto existencialista” es Chez Tatave, por la calle Tres Sargentos. El piso del local es una calle empedrada –todos suponen que se trata de París- con una alcantarilla real. La pared del fondo exhibe la entrada de un café. Las mesas son barriles con listones y de la luz se encargan velas montadas en botellas. Un pianito cierra la ambientación. El dueño no puede ser otra cosa que francés. El menú es estrictísimo: cebolla y/o salame con pan y vino tinto. Se dice que a las dos de la mañana cuando se apagan las velas “ahí se arma”. El personaje central del restaurante es una rusa, propietaria del Volga, de San Telmo. La mujer es muy gorda, miope, con unos lentes grandes como peceras y brazos robustos totalmente cubiertos de pulseras de oro. Acostumbra a invitar a bajar a los muchachitos por una escalera caracol que va al subsuelo de Chez Tatave, conocido como “la alcantarilla”. Se rodea de ellos en torno a un piano de cola, y los hace entrar en relación con los visitantes.
¿Qué pasa con el existencialismo, quiénes son realmente los existencialistas? Las primeras noticias que se tienen de Sartre son de 1948. Sur y Losada hacen las primeras traducciones, y el suplemento de La Nación publica, para esa fecha, algunas notas. El arrebato es tan grande que en Buenos Aires como en Europa de posguerra decir filosofía equivale a decir existencialismo. Aquí son existencialistas el rector de la Universidad peronista, el padre Benítez, en la corriente del existencialismo católico, se entiende; son existencialistas Carlos Astrada y Miguel Angel Virasoro (traductor de El Ser y la Nada, 1951), profesores de la Facultad de Filosofía y Letras, animados a autoproclamarse existencialistas ateos. También lo son (underground) los jóvenes del bar Florida, distinguidos por una indumentaria copiada del café del Flore: pelo largo –ni por asomo con las melenas del 60- barbita, pipa, tricotas negras de cuello alto. Toda la agresividad vestimentaria llega hasta allí.
El grupo del bar Florida, cinco individuos de 18 años, saca la revista Existencia, que entrega cinco números, de 1949 a 1951. El equipo está formado por Juan José Sebreli, Jorge Masciángoli, Héctor Miguel Angeli y otros dos que se perdieron en la lucha por la existencia. El contenido de la publicación refleja la mescolanza ideológica de los nuevos filósofos, provenientes de apasionamientos originados con Unamuno, lecturas ansiosas de las novelas de Sartre y, sobre todo, lindas ganas de hacer escándalo. Con dos únicos y célebres actos públicos se destapa la filial sartreana de Viamonte. Se realizan en la librería Juan Cristóbal por Santa Fe y Uriburu, cuyo dueño es José Luis Ríos Patrón, autor de un ensayo sobre Borges. En esos años –los primeros cincuenta- la librería es un lugar de plática literaria, contando con un salón en el sótano donde se dan conferencias. El grupo Existencia, así se lo conoce, prepara el acto liminar, cursa invitaciones orales a los conocidos y a la gente de mayor confianza. No se explican, por otra parte, como pudo salir la noticia en La Nación. El primer operativo es, aparentemente, una vulgar conferencia. Pero los precursores han decidido convertir el hecho en un “acto de provocación” destinado a “espantar a los burgueses”. La agresión se basa en el decorado; al lugar donde normalmente se pone la mesa para los oradores lo convierten en un altar, y a la sala en una iglesia, tenuemente iluminada por tremendos velones. Guillermo de Torre, que posa de surrealista teórico, se espanta. “…¡Están locos! ¡Van a decir que hicieron misa negra!”, les previene. Pero la vanguardia juvenil de Viamonte está “situada” y ha “elegido” la responsabilidad. Uno habla de André Gide, otros aprovechan para leer sus poemas y alguien, que ha leído algo de existencialismo, se larga con una perorata tan oscura como el salón. La poca gente que ha ido queda anonadada. Es increíble, pero nadie lo toma a broma, y como de existencialismo no se sabe nada no hay quien se anime a hacer un comentario. A la tarde siguiente Viamonte hierve; durante semanas, los que fueron contarán a los que no las cosas que se perdieron.
El segundo acto es justipreciado por los organizadores como “multitudinario”. En la decoración se han largado con todo: antes fue una iglesia, ahora, una cárcel. El conferenciante hablará detrás de los barrotes, y una luz roja, enloquecedora, torturará a los prisioneros. La asamblea comienza cuando un vociferante aterroriza con “¡Nadie puede escaparse! ¡Estamos todos presos! ¡Esto es una emboscada!” y otras facundias de efecto. El público se impresiona; son cosas que en el Buenos Aires pre-happening producen curiosidad y desconcierto. El contenido, que amenaza ser pobre –poemas mal leídos, hermetismo filosófico- se encabrita con la intervención de Sebreli. Ha preparado como tema Oscar Wilde, o el homosexual en la sociedad. Las rejas armonizan, recordando la prisión de Reading, y el joven sartreano, delgado, nervioso, fenomenológico, adherido en todos los puntos a las teorías de su maestro, se atreve a hablar públicamente de homosexualidad en 1950, discurso inusitado en esos tiempos de ocultamiento y recato, por lo menos en los ambientes intelectuales. Hay gente que reacciona, silba o chista a los que silban para no perder detalle de la pieza. Cuando termina el acto, la señora Matilde Sábato se acerca al grupo Existencia y les reconoce asombrada: “Todo el mundo trata de ocultar lo que son, pero ustedes, los existencialistas, lo dicen así nomás”. Del costado inmisericorde de la canción popular, Juan D’Arienzo, represivo si se quiere, que no sabe perdonar a los que salen de la línea, confecciona un tango que hace gritar a Echagüe: “che existencialista/ no te hagás el artista”.
Los cincuenta son el apogeo del cine club. Con su mundo de gente pintoresca, invernal, equipada con pullóveres y libros bajo el brazo, realiza su presencia crítica al cine convencional y comercial que impera totalmente. La inquietud por conocer lo mejor de la cinematografía y el debate postrero a la proyección hacen a la esencia de un estilo desconocido en Buenos Aires. Estas intenciones libertarias molestan al gobierno peronista, que no escatima motivos para conjeturar que allí donde se da Max Linder o Abel Gance es un centro de perdición. Hay salitas clausuradas, y la actividad se desenvuelve en un clima incómodo, intimidatorio. Pese a los inconvenientes, el cineclubismo sigue y progresa. El envión inicial data de 1941, cuando León Klimovsky funda Cine Arte, que durará diez años. La sala -donde después funcionará el Lorraine- se presenta con paredes recubiertas de frescos surrealistas, sobre motivos cinematográficos. Es imposible olvidar dos pinturas: la Juana de Arco de Dreyer y la Barquera María, dos clásicos predilectos de Klimovsky. En 1947, ya está Roland con el cine club Gente de Cine, desde los altos de la librería Fray Mocho, Sarmiento 1820, un lugar bastante chico; al principio concurren los iniciados, pero a los tres años, la gente joven desborda la librería. En 1950, Gente de Cine pasa a ocupar la sala del Biarritz por la noche, cuando termina el programa comercial. El cambio se produce de golpe. Las proyecciones minoritarias de Cine y Arte y Fray Mocho ceden a los llenos del Biarritz, con largas colas de moda: la trasnoche. Es el cineclubismo quien crea trasnoches, y abre a más público la pantalla de las “joyas universales”. Del Biarritz se pasa al Lorraine el que durante un tiempo se llamó Paraná. En el momento del asalto de Roland y su gente, el Lorraine es un cine de la colectividad alemana, que se complace en pasar musicales y la devastada producción de la época nazi. Por francofobia, seguramente han arrancado los frescos surrealistas que tanto gustaban a Klimovsky. Un día por semana el Lorraine recibe a los cineastas trasnocheros, que asisten a las sesiones como a un culto. Alberto Kipnis, uno de los empleados del Lorraine vislumbra el costado comercial del cine “bueno” y en 1958 proyecta con gran éxito los primeros ciclos de Bergman y Nouvelle Vague, programando un cine “difícil” para el consumo de muchos, no ya una vez por semana sino todos los días y a toda hora. A Kipnis no le gusta el cine “viejo”, y los que quieren Nosferatu y Madame Dubarry deben seguir fieles a Roland o a Salvador Samaritano, quien funda otro cine club, Núcleo, luego de una agarrada a gritos con Roland quien sentencia despechado: “Encantado de que creen otro cine club…¡si consiguen buenas películas! ¡Porque vamos a ver dónde las consiguen…!.
Un gesto de genuina extravagancia es ver cine francés. En la primera mitad de la década, cuando el cine norteamericano y el nacional establecen un monopolio que entroniza la convencionalidad y la comedia rosa, el acto de sentarse a mirar películas de Freyder, Renoir, Carné y René Clair, es considerado como una práctica que puede resultar escandalosa. No sólo porque el oído no está acostumbrado a la fonética nasal ni la vista al sweter negro y la gorra a cuadritos de Jean Gabin sino, porque para la moralina estética corriente todo lo parisino sabe sospechosamente a sexo.
El cine francés se refugia en barrio norte, donde los pitucos pueden gozarlo los lunes en el Versailles, de Santa Fe y Talcahuano. Es un cine teatro chiquito, con palcos dorados bien años veinte. Los intelectuales exigentes que cumplen la promesa de ser cultos se encuentran los martes en el Inca, los jueves en el Eclair y otro día en el Capitol, estrechándose de regocijo cuando Annabella o Vivianne Romance se ponen un deshabillé. Como una reparación, en junio de 1956, el cine Opera hace un Festival de Cine Francés. Integran la serie clásicos de preguerra y dos cortos que serán calificados de “maravillosos”: Crin Blanca y Le ballon Rouge. Como invitada especial participa una película argentina, Edad Difícil, de Leopoldo Torres Ríos, con Bárbara Mujica y Oscar Rovito. En los segundos cincuenta, las interdicciones consuetudinarias que pesan sobre el cine francés se derogan rápidamente.
El cine comercial –el público de Lavalle, Corrientes- mantiene sus legiones de adeptos, sobre todo los sábados a la noche. Hasta aproximadamente 1958, el negocio funciona, pero en ese año comienza bruscamente la declinación y la ruina de muchos. Cierran cines del centro, ¿la causa?: el auge de la televisión, los cimbronazos de la “austeridad” económica, el precio de las entradas, la persecución en salas consideradas “pecaminosas”, los nuevos procedimientos (scope, panorámica, estereofonía) que no están al alcance de comerciantes menores y la absorción del espectáculo por las grandes salas tradicionales y las exigencias que se crean, el Metro, por ejemplo. Dejan de existir –a fines de la década y comienzos del sesenta- salas del centro y alrededores que anduvieron con regularidad en enero del 50. Los cines que desaparecen son: American, Córdoba 1785; Astor, Corrientes 746; Ateneo, Piedras 646; Cataluña, Corrientes 2046; Cecil, Defensa 845; Cinelandia, Corrientes 1743; Coliseo, Bernardo de Irigoyen al 500; Eclair, Corrientes 1428; Florida, en Galería Güemes, con su programación ideal, para tentarse: Juventud pecadora y Club de señoritas; Gran Palace, Maipú 456; Guaraní, Belgrano 2160; Novedades, en Florida 364, del tipo “continuado”, con “Noticiario” argentino, Español y/o Británico: “Churchil cumple 75 años”, “El Papa Pío XII inaugura el Año Santo”; Inca, Corrientes 959, también continuado con noticiario, dibujos, variedades y una película de Los tres chiflados; Petit Splendid, Charcas y Libertad; Porteño, Corrientes 864, donde pasan “las mil millas argentinas”, “Premio Evita en Palermo” y Noticiario British; el Princesa, paraíso de los rateros a 0, 85 la entrada; Radar, Esmeralda 320; Radio City, Corrientes 2067; San Telmo, Chacabuco 966, y el Versailles de Santa Fe 1447.
A diferencia de los cines del centro, donde va todo el mundo, los cines del barrio Norte son exclusivos. Al Versailles, al Capitol, al Grand Splendid y al Petit Splendid asiste únicamente la gente del barrio. Este último, además de sala cinematográfica, es una suerte de club privado de la juventud dorada donde todos se conocen, se llaman fila a fila, se corren de butaca para saludarse y comentar, convirtiéndose los intervalos en un gran locutorio. Algunas señoras de edad concurren los días de semana, pero la juventud sin problemas está allí, permanentemente asombrada.
Cada barrio de Buenos Aires tiene sus cines, a los que va casi exclusivamente la gente del barrio. Los desplazamientos interbarriales no son significativos, aunque es posible que de Caballito se vaya a Flores, de Urquiza a Belgrano y de Chacarita a Villa Crespo, con la idea de ver un programa mejor. En cada barrio hay cuatro o cinco salas. Una o dos de primera categoría, los “lujosos”, que son del tipo “moderno” o aquellos que por antecedentes y buen nombre impone la tradición barrial. Siguen luego los de segunda categoría y los hay aún de tercera, conocidos como “tachitos”. Los domingos va la familia en pleno; padre, madre, adolescentes y chicos que lloran; en cambio, los días de semana, los de segunda categoría se transforman en un círculo cerrado de mujeres que ocupan la platea con hijos y paquetes de factura. Han terminado de lavar los platos y asisten a ese club femenino del barrio que proyecta cine argentino (y algunos melodramas mexicanos) desde las 14 y 45 hasta las 19 y 10. Los martes o miércoles son “día de damas” y el programa cambia todos los días. Se dan tres películas, y hasta cuatro. Los “días de damas” son auténticas revisiones del cine argentino: favorecen la nostalgia de las señoras, que recrean con lágrimas las emociones de la primera juventud: Monte Criollo, Los tres berretines, Viento Norte, La muchachada de a bordo, Y mañana serán hombres, Los caranchos de la Florida, Los martes orquídeas, Canción de cuna, Los chicos crecen, Virgencita de Pompeya…
Anualmente, en los cines de barrio, hay dos conmemoraciones fatales: la primera es el 24 de junio, día de la muerte de Carlos Gardel. El público presencia con enternecido respeto, y por enésima vez, Tango Bar, El día que me quieras, Luces de Buenos Aires, Melodía de Arrabal y La Vida de Carlos Gardel, con Hugo del Carril. La rememoración impone, invariablemente, que se aplauda cada vez que Carlos termina de cantar. El segundo hecho, por tradición religiosa, es reunirse para ver La Pasión, en Semana Santa, una descolorida película muda que hasta puede asustar a los chicos.
Los de tercera categoría son los cines lumpen, por su composición social y por el tipo de vida sexual que allí dentro se desarrolla. En el centro, el Rotary, el Mundial, El Eclair, el Lux, el sótano del Real y el baño del Normandie son lugares para el encuentro ocasional de homosexuales. El Rotary y el Mundial se prefieren por los homosexuales algo refinados, a los que también concurren mujeres y niños, para ver las variedades. En cambio, el Eclair concentra la población marginal del centro, con viejos rotosos que van a dormir, jovencitos provincianos, desocupados, que tienen allí un lugar donde descansar y “matar el tiempo”. Toda clase de homosexuales lo visita, algunos diariamente, por un rato, pero hay quienes ingresan a las dos de la tarde y salen a las doce de la noche. Van al Eclair los chonguitos de barrio y los taxiboys, con camisa de colorinches muy abiertas sobre el pecho, exhibiendo medallitas y tatuajes, como si fuesen marineros. Se dejan acariciar a cambio de unos pesos o fotografías pornográficas, aunque hay exigentes que se ofertan exclusivamente por prendas de nylon. También pasan por el Eclair los homosexuales vergonzantes que temen “loquear” por la calle, y entran al cine a levantar algo protegidos por la oscuridad. El Eclair es un desfile de gente y nunca está vacío. Ha sido un buen negocio para sus dueños, unos republicanos españoles, y hay que tener cuidado al sentarse y al caminar por el pasillo, pues abundan las aspersiones de los orgasmos furtivos.
Cada barrio tiene uno o dos cines al que son adictos los “muchachones”, como se dice. Algunos lo llaman “el Colón” del barrio, con butacas de madera, rotas, inservibles. Se fuma a pesar de la prohibición. Durante las exhibiciones se desata una violencia anónima –similar a la de las canchas de fútbol- dirigida a la pantalla, a la que arrojan proyectiles, lo mismo que al público de las plateas por los que están en el pullman. Se inflan profilácticos, se silba y se ríe constantemente adquiriendo al cinematógrafo un ambiente de histeria colectiva. Las ocurrencias bárbaras se reservan para el acomodador, por lo general un homosexual pasivo, que acostumbra toquetear el sexo de los adolescentes cuando pasa entre las filas. El Pablo Podestá, de Caseros y Rioja, es uno de los tantos. Lo visitan habitantes de las villas miserias de Soldati, que nunca llegan al centro. En el Pablo Podestá es imposible ver una película; la sala está en griterío continuo, apestada de olores y sudor. Sus habitantes acuden de entre casa, apenas vestidos con camisetas y en chancletas. Los homosexuales están en su salsa, pues las relaciones se ejecutan a la vista y placer de todos, sin ningún tipo de estrecheces.
El sexo en los cines recibirá una dura reprimenda cuando en 1958 la moral de la ciudad se pone en manos del comisario Margaride. Una tarde, varios camiones celulares reculan contra las puertas del Eclair, el Rotary y el Mundial, en una gigantesca operación que lleva cientos de detenidos. Muchos de ellos son homosexuales que desde ese momento verán clausuradas las facilidades que para sus pasiones clandestinas cobijaron durante años esas libérrimas salas del centro.
Hasta promediar los cincuenta, las tinieblas de las salas actúan también como albergue de la vida sexual de las parejitas. Es común en ciertas jóvenes de clase media asistir al pullman de los cines, preferentemente de los continuados, donde se puede hacer algunas cositas. El Florida, proporciona un pullman que parece hecho ex profeso para que las chicas masturben a sus novios con todo brío. La costumbre sexual es severa hasta fines de la década, y el sexo juvenil se circunscribe en buena parte a ese manoseo precario del amor con ropa puesta.
Desde 1943 hasta 1956, el cine argentino sufre una grave parálisis derivada de la escasez de celuloide, negociados, censura y favoritismo en los créditos para producir. Se imponen híbridas adaptaciones de autores extranjeros (Madame Bovary, Corazón, Una mujer sin importancia, El conde de Montecristo), comedias rosas (Miguitas en la cama, Mary tuvo la culpa, Cuando besa mi marido, Esposa último modelo), melodramas varios (Juan Globo, Payaso, La casa grande, Honrarás a tu madre), y una polémica entre tangos, boleros y mambos que animan Alberto Castillo, Virginia Luque, Blanquita Amaro, Gregorio Barrios, Amelita Vargas, Leo Marini y Los Cinco Grandes del Bueno Humor. El modelo de director que resume todos estos vicios es Luis César Amadori, presidente de la Academia Argentina de Cine. Hay excepciones, pero muy aisladas. Pelota de trapo, con el celebrado niño Andrés Poggio (Toscanito), El crimen de Oribe, Los isleños, Días de Odio y Las aguas bajan turbias, la obra más importante de Hugo del Carril, que se estrena en 1952.
El predominio del cine nacional es sólo cuantitativo, y así lo expresa una solicitada de Artistas Argentinos Asociados en marzo de 1950, al señalar como “hechos auspiciosos” que las películas argentinas “ocupan simultáneamente cinco de las más importantes salas de estreno de la Capital Federal”. Pero la baja calidad de los filmes –hechos solamente para aprovechar créditos y fomentos- aleja al público, generándose el descrédito y una aprensión hacia el cine argentino que se rechaza por la mera razón de su origen. El gobierno peronista se preocupa, al extremo que Raúl Alejandro Apold –funcionario encargado de favorecer a unos directores y desalentar a otros- reconoce en diciembre del 50 que “nuestros productores se han desinteresado de todo lo que no sea meramente comercial, y han descuidado la calidad…” Pese a esta declaración, la conducta oficial se mantiene vigente y los errores y corruptelas se multiplican hasta 1955.
Las revistas especializadas (Radiolandia, Antena, Sintonía) distraen como siempre en el secreteo doméstico de las “estrellas”. Las figuras de esos años son –entre las más notables- Fanny Navarro, amparada por su romance con Juan Duarte, secretario privado del Presidente de la Nación; Fernando Lamas, “el galán argentino que triunfa en Hollywood”; Carlos Thompson, que frustra un matrimonio con María Félix; Virginia Luque, “la estrella de Buenos Aires”; Nelly Paniza y Elsita Daniel, que llega a las cámaras mostrando los dientes: “Mis Sonrisa Colgate 1953”. Mendy es quien con más entusiasmo bate el periodismo del chimento, bendiciendo a las parejas de actores bien avenidos: Zully Moreno y Luis César Amadori, que viven en un moderno chalet de Vicente López; Laura Hidalgo y Narciso Ibáñez Menta, Mirtha Legrand y Daniel Tinayre, Amelia Bence y Alberto Closas, Analía Gadé y Juan Carlos Thorry, Julia Sandoval y Jorge Salcedo, Ana María Campoy y José Cibrián, Malvina Pastorino y Luis Sandrini, la chilena Ana María Lynch y Hugo del Carril, que se divorciaron rápido, y después de 1955, cuando se los puede nombrar, los ancestrales Libertad Lamarque y Alfredo Malerba, y Aída Olivier y Arturo García Buhr. Serán emblema hogareño la media docena de hijos de Francisco Petrone, y ejemplo de “esposa y madre” Nury Montsé, que al casarse con Angel Magaña deja el arte para dedicarse a sus tres hijas, conocidas en el ambiente como “las tres Marías”. La nueva generación arrima una pareja fugaz, Bárbara Mujica y Oscar Rovito (“Tarzanito”).
Sólo en 1957 se producen cambios, de los buenos. El año anterior se han detenido las filmaciones, por crisis económicas y por el choque entre los intereses de productores y dueños de cine, que se niegan a exhibir obligatoriamente las películas con mejor calificación. Al crearse el Instituto Nacional de Cinematografía se soluciona el entuerto, luego de ásperos forcejeos. Como signo de una nueva actitud, el ente sanciona para el cine una libertad de expresión equivalente a la de prensa, y establece un régimen de apoyo basado en niveles de calidad. El 11 de julio de 1957, en una atmósfera de renovación, capacidad, irrupción de nuevos valores y lógica expectativa popular, se estrena en el Ocean La casa del ángel, de Leopoldo Torre Nilsson, advirtiéndose una madurez expresiva que revela nuevos cauces en el cine nacional. En 1958 Fernando Ayala produce un film de gran impacto, El Jefe, sobre libro de David Viñas, y Torre Nilsson presenta El secuestrador. Al mismo tiempo se realizan Festivales Internacionales, mesas redondas, publicaciones críticas, jornadas universitarias, y se acentúa la actividad del cortometraje: Buenos Aires, de David Kohon y Tire die, una encuesta social filmada por los alumnos de la Universidad del Litoral dirigidos por Fernando Birri. Hacia 1959 se destacan La caída (Torre Nilsson), Aquello que amamos de Leopoldo Torres Ríos y El candidato, de Fernando Ayala. El rasgo de la naciente producción cinematográfica argentina es una conciencia artística distinta, que exige del realizador reconocimiento pleno del hecho cultural y reciprocidad hacia el público, ya que el espectador debe ser pensado como adulto y no como mero receptor de entretenimientos huecos. En este redescubrimiento del arte y del diálogo se inscriben los directores de la nueva promoción, Lautaro Murúa, Rodolfo Khun, David Kohon, Simón Feldman, Fernando Birri, Enrique Dawi, J.A. Martínez Suárez, Manuel Antín y Daniel Cherniavsky.
El cine como imagen cultural de una época trasciende la minuciosidad de las fichas técnicas y se mete en los intersticios más inesperados de la vida cotidiana. María Schell, Stewart Granger, Jean Simmons, Gregory Peck, Susan Hayward, Silvana Mangano y Marlon Brando son, además de personajes cinematográficos, modelos imitables, ambiciones, delirios. En nuestro país suceden episodios de indudables connotaciones políticas, morales y sociales, donde una película o una actriz son cauce suficiente para que las emociones populares se exalten, se hable del acontecimiento durante meses y se lo recuerde durante años.
Para mayo de 1952 las relaciones entre el gobierno y la Iglesia Católica tironean. Un aviso de los diarios crea un profundo malestar en los medios religiosos: se anuncia la exhibición de “beldades irresistibles” y “danzas ardientes”. La película se llama Bárbara atómica, y la protagonizan Blanquita Amaro (una rumbera cubana que mueve su continente como una licuadora), Juan Carlos Thorry, Adolfo Stray, Ubaldo Martínez y un elenco de africanitas que se las traen, Las Mulatas de Fuego. Los jóvenes católicos salen a la calle Florida y al grito cuáquero de “¡cine moral!” sostienen los primeros encontronazos con las fuerzas del orden. Cuando se estrena la película en el Metropolitan se produce un batifondo de proporciones. Promediando la exhibición, desde varios sectores de la sala numerosos espectadores prorrumpen en gritos de repudio, silbatinas, petardos y bombitas de mal olor. Al prenderse las luces entra violentamente un centenar de policías y a muchos de los que consideran “promotores” los llevan detenidos -92 en total- luego de una batahola con forcejeos y corridas donde recibieron abundantes palazos gente totalmente ajena a lo ocurrido. La represión es desproporcionada: el diario La Nación anota que varios jóvenes “resultaron con contusiones diversas y fueron llevados a la asistencia pública” y debido a la importancia de las heridas recibidas “tres jóvenes debieron quedar internados”. Un grupo de asistentes se presenta en la redacción del diario para expresar que la intervención policial fue “extremadamente recia”. Por lo visto y narrado cualquier hecho con relación al mambo puede resultar bastante movido.
Se dice que la situación de los artistas es muy difícil, lo que es bastante cierto, ya que varios deben exiliarse al no poder actuar. Niní Marshall, Libertad Lamarque, Francisco Petrone, Arturo García Buhr, Delia Garcés, Atahualpa Yupanqui, Alberto de Mendoza, María Rosa Gallo, Osvaldo Pugliese, e incluso Hugo del Carril son objeto de marginación y presiones. Pero para otros, pasar por oficialistas parece de cábala. Con motivo del fallecimiento de Eva Perón, abundan las listas de adhesiones al duelo nacional. Las figuras del cine que con más premura hacen llegar su pésame a la Subsecretaría de Informaciones son las que siguen, y las citamos al solo efecto de su innegable repercusión en la vida doméstica de los años cincuenta: Tita Merello, Pierina Dealessi, Silvana Roth, Lola Membrives, Diana Maggi, Santiago Arrieta, Atilio Mentasti, Mirtha Legrand y Daniel Tinayre, Alberto Castillo, Lucas Demare, Esther Gamas, Lidia Cánepa, Zully Moreno, Luis César Amadori, Nelly Daren, Mariano Mores y Enzo Ardigó, director de la revista Radiolandia. Quien se pasa de consternado es José Divito, resuelve suspender la revista Rico Tipo durante el mes de agosto de 1952.
Otro choquecito con la iglesia es por la película francesa Manón. La Acción Católica Argentina no quiere que se la exhiba, y emite declaraciones, una de ellas de tono francamente apocalíptico: habla de las “espantosas amenazas para el orden social y el porvenir de las naciones que existe en la actual multiplicación de excitaciones, cuya infiltración debe buscarse fundamentalmente en la influencia de agentes extraños a nuestro medio que, como el cinematográfico, introducen subrepticiamente modalidades, costumbres y medios de vida perniciosos, difundiendo lacras cuyos secretos ponen así al alcance de todos, grandes, pequeños, damas y doncellas…” Quienes tienen la osadía de ver Manón –que empieza dándose en Mar del Plata, luego en Avellaneda (con horror del obispo) para entrar en la Capital en la primavera de 1952- aseguran que no es para tanto. Los mirones que hacen pacientes colas para comprar entradas, recogen una escena: cuando Manón es llevada en andas por su amante en medio del desierto, muestra cinco segundos el seno izquierdo, porque su vestido está roto. Habría que recordar, para evitar advertencias angustiosas, que Manón está muerta, cubierta de arena y corresponde al final casi lloroso de la película.
En febrero de 1952 llega al país la afamada actriz mejicana María Félix. Como un resorte, el Subsecretario de Informaciones, Raúl Alejandro Apold, la recibe, la agasaja, la fotografía y la alaba. Sin duda la dama se lo merece. Pero hay un motivo que excede a la razón cinematográfica. Las revistas, la radio, las chicas y las señoras en la peluquería no hablan más que del romance de María Félix con el joven galán argentino Carlos Thompson –voz grave, perfil alcónico, ojos claros y para mejor intelectual, pues escribe libros y usa tricota negra. Para corroborar la novedad, en esos días estrenan La pasión desnuda, donde la pareja estelar se descontrola de lo lindo. El casamiento es un hecho –dicen los comentarios- y hay un cierto orgullo varonil –y casi diríamos patriótico- en que el hecho se realice. Pero un mal día la señora vuelve a su país y al mes se casa con el charro Jorge Negrete. El rebote es un duro revés para Carlos Thompson, quien se irá cariacontecido de la Argentina a tentar mejor suerte en Hollywood. Para el mundo de la vida cotidiana es una mala noticia y no faltan xenófobos que la toman como una afrenta nacional.
El Festival Internacional de Cine se inaugura el domingo 8 de marzo de 1954, en Mar del Plata, organizado por la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación. Se congregan numerosas delegaciones y “cinematografistas” –como se dice-, pero las estrellas que el público quiere y conoce son pocas: Joan Fontaine, Walter Pidgeon y la exhumada Mary Pickford, “La novia de América”. El festival se desenvuelve en un ambiente hiperpolitizado, pues en abril hay elecciones nacionales. El oficialismo aprovecha e inicia la campaña electoral en Mar del Plata, con el acto del 10 de marzo, donde no faltan millares de ojos para ver a Perón, el presidente viudo, tomando la mano de la actriz italiana Lila Rocco.
El cinemascope aparece en el Festival, y Buenos Aires lo conoce en el otoño de 1954 luego del procedimiento de rigor de dedicar a Perón la primera muestra de El manto sagrado, en la sala del Broadway. Consideran los expertos que el cinemascope “impresiona” por la forma elíptica de las lentes y el número de altavoces (17) que configuran al nuevo sonido, el “estereofónico”. Estimuladas por los adelantos de la profundidad y el relieve se inauguran nuevas salas cinematográficas. El Grand Bourg en Villa Urquiza, y en el centro el Metro, que cobra jerarquía e interés por su personal de jóvenes acomodadoras que ubican al porteño sexista y poco habituado a estas atenciones en una sala con butacas y alfombras de goma pluma Pirelli. El Cisne, la última película protagonizada por Grace Kelly antes de iniciar la carrera monárquica, inaugura el Metro, en una tarde de octubre de 1956, luego de un desorden contra dos “revendedores” denunciados a la policía por vender entradas a mayor precio.
Si algo singulariza a la función de cine de la década en las salas de la Capital Federal con capacidad superior a las 800 localidades, es “el número vivo”. Debuta en mayo de 1954, y se entiende por “número vivo” los espectáculos artísticos de variedades que se desarrollan diariamente en las secciones vermouth y última de la noche, con posterioridad al intervalo y antes del noticiero que precede a la película de fondo. El número tiene una duración de 30 a 40 minutos como mínimo y más, respectivamente, y debe estar integrado con dos números artísticos. Por parte del público hay en principio sorpresa, pero en pocas semanas la reprobación se extiende al reproche. Claro, porque no todos son como en el Ópera, donde actúan René Cóspito y su ritmo, o el Normandie, que recibe a Juancito Díaz y su piano. En los barrios se produce un descenso de calidad molesto, menudeando las interpretaciones ruidosas de Pájaro campana (con o sin arpa) Canario triste y otras violencias musicales que expulsan a los hombres de la sala concentrándolos en el hall, donde seguirán fumando, a la espera de que el “número vivo” fenezca.
La llegada de Gina Lollobrígida, a fines de 1954, da lugar a los rumores y a las voluptuosidades imaginativas más increíbles. Gina está en el apogeo de sus dones, manifestación que los argentinos han apreciado en Pan, amor y fantasía, éxito de taquilla de ese año. La acompaña Mirko Skofic, su esposo, y ambos, en compañía del embajador italiano y del inefable Apold, visitan a Perón un sábado por la mañana en la residencia presidencial de Olivos. Allí funciona la sede femenina de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). El Presidente, las chicas y Méndez San Martín, el Ministro de Educación, la reciben con “expresivas demostraciones de simpatía” y la invitan a pasear por los jardines, presenciar exhibiciones deportivas y danzas folklóricas en el Teatro Griego y finalmente la aventuran por un túnel que conduce al Club Náutico. Del túnel vuelven al chalet, donde a la actriz y comitiva les sirven un aperitivo. Gina y su corte se retiran a las dos de la tarde. Todo parece de lo más convencional; pero no es así. A los pocos días se desliza la especie de que Perón mandó “sacarse” una fotografía con Gina Lollobrígida en la que ésta aparece desnuda. Hay quienes aseguran haber visto la foto; más aún, están aquellos que, a través de misteriosos conductos con “gente de arriba” disponen de una copia en su poder. Dice el rumor que se utilizó para la proeza un flash de luz infrarroja, que permitió descubrir la anatomía privada de la actriz en razón de que ésta usa ropas de nylon. La foto de la visitante y su comitiva circularán profusamente hasta años más tarde, junto a su descrédito, ya que, pasada la euforia inicial, nadie cree en la veracidad de la instantánea y mucho menos en la ocurrencia de su promotor. Los encantos de Gina, la morbosidad de tantos, la pasión antiperonista y el prejuicio ante la novedad del nylon urdieron la historieta ridícula de una foto trucada, arbitraria, donde pudieron aparecer desnudos o vestidos Tarzán, Gina, Eisenhower o Pío XII.
Dos superestrellas del cine americano, Marilyn Monroe y James Dean, constituyen respectivamente el modelo deslumbrante y el personaje perturbador. Marilyn, para los porteños, es una rubia fuera de serie, sensual, provocadora, que muestra, además del capital perfecto de su cuerpo, una carita de ángel. Es extraña, impetuosa, toda escotes, ondulaciones y bucles. Perciben en la pantalla el guiño de sus ojos, la boca roja, brillante, abierta y el vestido carmesí pegado a la piel, como en Torrente pasional. Saben que le pagaron 50.000 dólares para posar desnuda sobre un fondo de tercipelo rojo, para un calendario, del que confiesa que “guarda un ejemplar para los nietos”. En Hollywood la llaman “el bombón de la era atómica” por ese desparpajo de mostrarse desnuda, audacia que para esos años muy pocas estrellas se habían permitido, “Me gusta estar verdaderamente vestida o completamente desnuda. No me gustan las medias tintas” –confiesa en los reportajes. Al porteño –como seguramente pasa con muchos americanos- Marilyn lo excede. Es un tipo de mujer imposible e inaprensible, de la que sólo puede saberse (por lo que tiene de inexplicable) quién o quienes son los afortunados que pueden pasar un rato con ella, en privado. Se enteran de que se casa con Joe Di Maggio, un deportista de un juego que aquí se subestima por desconocimiento, el baseball, y comprenden menos cuando las noticias propaladas por los mitómanos del erotismo aseguran que Di Maggio es tímido y, para ser más escabrosos, impotente. De lo que no entienden nada de nada es del segundo casamiento en 1956 con Arthur Miller, un hombre de aspecto grave, intelectual, con anteojos. Marilyn Monroe es una muchacha inaccesible, un producto de gran empresa con el que a los argentinos les está vedado soñar. Guardan, sí, imágenes momentáneas de la linda, vestida con el traje blanco, sin espalda, enteramente plisado de La comezón del séptimo año (que miles de mujeres imitarán), de sus cabellos plateados y del trasero formidable cuando camina junto al tren en su éxito más popular, Una Eva y dos Adanes; recuerdan los números musicales con Jane Russel en Los caballeros las prefieren rubias, y en su primer film, Como pescar un millonario; la actuación junto a Lawrence Oliver en El príncipe y la corista y su voz cantando One silver dollar y The river of no retain en las montañas del Oeste.
A James Dean, en cambio, se lo siente como un paradigma. Con sólo tres actuaciones cinematográficas se convierte en el símbolo de toda una generación. Es un muchacho de ojos claros, hipersensible, introvertido, exasperado, nada afecto a adaptarse. Da con la imagen que el público joven quiere, porque todo adolescente es un personaje atormentado. Miles de jóvenes se identifican con él en Al este del paraíso cuando llora frente a la cámara reclamando el amor que el padre le niega, en Rebelde sin causa al exigirle otra vez al padre que asuma su responsabilidad desprendiéndole el delantal con que lava platos, o en Gigante, bañándose en petróleo, rechazando el dinero y el mito de los poderosos. James Dean es, para los jóvenes porteños postergados por los prejuicios, un hálito de libertad, un modelo para gustar e imitar, pues su total indiferencia en la manera de vestir es rescatada como una encantadora falta de formalidad. James Dean pone fin a los tabúes que dividen
los colores de las ropas en viriles y feminoides, imponiendo mundialmente y por millones las camperas rojas que usa en sus películas. Pero Buenos Aires no está madura para esas violencias vestimentarias. La campera de cuero, con el aditamento de muñequeras, jeans (y alguna navaja) será patrimonio de los reducidos grupos de “teddy-boys”, unos rockeros a quienes la ciudad mira de reojo. A lo que más llegan las adhesiones masivas a Jimmie, es el amor de las colegialas, sobre todo después de su muerte, el 30 de setiembre de 1955, cuando corre como un poseso ablandando un Porsch Spyder, en Texas. El amor que le negó Pier Angeli se lo dan la iconografía de las chicas, que pegan a James Dean en la carpeta del colegio: es una tarjeta postal de colores estridentes, donde una fotografía del actor con pullover rojo de tejido grueso y cuelo redondo deja entrever por el lado derecho la camiseta blanca. Abajo dice: “James Dean. Warner Bros”, y detrás, puede leerse una breve biografía de veinte líneas.

Los cincuenta señalan el surgimiento del teatro independiente. Al promediar la década se los llama “teatros libres”, “cuadros libres”, “escenas vocacionales”, “teatro experimental” y “conjunto filodramático”, como se decía antaño. Los grandes precursores, hasta la caída del peronismo, son Los Independientes, de Lovero, el Instituto de Arte Moderno de Lavalle y fundamentalmente el Nuevo Teatro, que dirige una pareja de actores excepcionales, Alejandra Boero y Pedro Asquini. Ellos rompen con La Máscara –el elenco independiente típico de los cuarenta- hacia 1949, cuando funcionaba en el Sindicato del Seguro, Maipú 22. Al año siguiente inauguran Nuevo Teatro, en Corrientes 2120, haciendo El alquimista. Durante toda la década , con un público que los sigue incondicionalmente, la Boero y Asquini ponen obras de calidad y las versiones de Brecht son memorables. El Teatro del Pueblo que dirige Leónidas Barletta queda fijado en los ’30, cuando se fundó, siguiendo con la costumbre de difundir los clásicos sin elencos apropiados, aprovechando cualquier ocasión para transformar la escena en “prédica”. A partir de 1955 se asiste al despliegue de lo “vocacional”. Las escuelas de arte dramático surgen en el espacio de las mesas corridas de los buffet de asociaciones vecinales, en los sótanos de las bibliotecas populares, en grandes clubes deportivos, en el subsuelo de sedes gremiales, en centros universitarios: Arquitectura, Ingeniería. Construyen un teatrillo improvisado en la diagonal Sáenz Peña –que luego se incendia- se multiplican las “carpas”, correspondiendo a la de Francisco Petrone (Carpa Circo Teatro Arena, en Plaza Once) la idea original de estos nuevos recintos, que se suceden en Plaza Irlanda, Parque Lezama y Barrancas de Belgrano. La habilitación de una sala teatral en la Calle Caminito, que dirige Cecilio Madanes, y de una goleta anclada en el Riachuelo, señalan la constante multiplicadora de la vida teatral, cuando un vetusto cine de San Telmo se transforma en un teatro “libre” reluciente. El Agón hace teatro en el sótano de la antigua sala del cine Casino, y no son únicas las transferencias exitosas de salas, como sucede con el Teatro Arlequín, que inicia sus actividades en un atelier de pintores en la Boca y pasa a dar Vuelve amada Sheeba en el Ateneo. Este movimiento es posible, además de los entusiasmos del director que se extiende en maquinistas y actores que manejan luces y venden entradas, por el apoyo de la Municipalidad de Buenos Aires. El mecenazgo oficial es pródigo y la aceptación popular produce efectos que alientan el frenesí juvenil por la escena, asumido por sus participantes como una mística. El Fray Mocho es uno de los teatros más activos. A menudo se desdobla, pues uno de los elencos actúa en el recinto de Cangallo, mientras otro recorre periódicamente ciudades y pueblos del interior, cuando no se instala en el Uruguay. Es mérito del teatro independiente en 1956 rehabilitar una modalidad del Buenos Aires teatral de otros tiempos, la sección vermouth, que estaba olvidada.
Los autores preferidos son –sin pretender confeccionar un catálogo- Albert Camus (Los justos y Calígula, cuyos personajes en el Instituto de Arte Moderno están a cargo de Ignacio Quirós), Enzio D’Errico, Guillermo Figueiredo (con el laudo continuado de La zorra y las uvas, puesto por varios elencos), Marcel Aymée, Jean Paul Sastre, Samuel Beckett (Esperando a Godoy por el teatro de Arquitectura), Gorki (Los pequeños burgueses, en Fray Mocho), Pirandello (El hombre, la bestia y la virtud), Los Comediantes), Alejandro Casona (Nuestra Natacha), Gibson (Dos en el sube y baja), Agatha Christie (La ratonera, que sostiene toda una temporada en la Casa del Teatro, Bernard Shaw, Salacrou (La familia Lénoire), en la versión brillante de Nuevo Teatro), Brecht (La ópera de dos centavos, Alemania Tercer Reich, que ofrece Olat) y el éxito resonante de El círculo de tiza caucasiano que pone en la sala del IFT el conjunto El Galpón de Montevideo, hacia 1959. El Diario de Ana Frank es sin duda una pieza política que atrae a numeroso público. Los norteamericanos son inevitables para las programaciones disconformistas: Langston Hughes, Thornton Wilder, Tennesse Williams, Eugene O’Neill, Clidfford Oddets y particularmente Arthur Miller, el predilecto del “teatro libre”. Entre los autores argentinos se escoge a Agustín Cuzzani (Una libra de carne, inaugura la carpa de Petrone), Carlos Gorostiza (El Pan de la locura), Conrado Nalé Roxlo, Juan Carlos Ferrari, Osvaldo Dragún –dramaturgo oficial de Fray Mocho, que halaga la sensiblería política y barrial con La peste viene de Melos, Túpac Amaru e Historia de mi esquina- y Juan Carlos Ghiano, que estrena en la carpa de Barrancas de Belgrano Narcisa Garay, mujer para llorar, uno de los acontecimientos más felices de la temporada de 1959. De Florencio Sánchez se reincide con su clásico: En familia, y en el afán de recurrir a dramaturgos nacionales se apela a Juan Bautista Alberdi, por su Gigante Amapolas.
El movimiento de teatros independientes se politiza, propenso a enrolarse en el “contenidismo”, en el teatro de mensaje, o como se acostumbra a decir, “que plantee una salida”. Esta inclinación a “estar comprometido”, compromete la calidad de algún espectáculo. El público que concurre es por lo general de clase media, y en la boletería se observa la leyenda: “obreros y estudiantes a mitad de precio”. Al finalizar la década el auditorio del teatro independiente que iba al principio con ciertos complejos intelectuales y temor de no entender lo que se daba, adquiere envergadura, demuestra madurez y se siente seguro de sí mismo. Hay sala llena para apreciar a Marcelo Lavalle en el Instituto de Arte Moderno, que ofrece espectáculos basados en dramas breves de Tennesse Williams o cuando, en una hazaña ni siquiera intentada en países de habla inglesa se lleva a escena Exiliados, la única pieza teatral de Joyce. Más aún, el nuevo público se supera cuando aplaude y comprende perfectamente expresiones de surrealismo escénico como Mis sueños de Salvador Dalí y gusta una ingeniosa ocurrencia teatral, Espíritu travieso, de Noel Coward, en el Kraft. El asistente a teatro es un público que no se conforma con ser espectador. Aprendió a discutir la obra y la puesta en las plateas de los independientes y traslada la sana práctica del debate a los teatros profesionales. El debate pasa a integrar la muestra; se discute sobre problemas políticos y religiosos al cabo de las representaciones de El poder y la gloria y La casilla de las macetas de Graham Greene en las salas regladas de formalidad del Lasalle y el Buenos Aires, donde interpreta Arturo García Buhr.
A fines del cincuenta, el incremento de los independientes ha hecho progresar al público, generando una democracia del espectáculo que la ciudad recibe con respeto. Claro que este crecimiento numérico de conjuntos acusa funciones mediocres –y de esta los concurrentes se quejan- pues teatro no es sólo esfuerzo físico como parecen entenderlo algunos. Quienes por ansiedad encienden las candilejas antes de tiempo encuentran la respuesta de un público que se ha hecho adulto, que se ausenta de las salas “libres” buscando espectáculos de calidad.


Patoruzú viene de 1936. La revista relata las aventuras del “indio”, un terrateniente más afecto a las costumbres de los grandes conquistadores de la Patagonia que a las prácticas de los habitantes primitivos, aunque porte boleadoras y se haga llamar cacique. Patouruzú es una suerte de Spaghetti vernáculo, pero a diferencia de éste, no es temperamental, sino armado de una sola pieza: rico, paternalista, patriotero y conservador, refleja un arquetipo fijado en los años treinta. Isidoro Cañones, su primo, es un personaje más real; amante de la buena vida y con pocos escrúpulos, es un jailaife que rinde culto al poder todopoderoso del dinero en los ambientes de clase alta de la ciudad de Buenos Aires. Dante Quinterno, el director de la publicación, también idea a Don Fierro, que transparenta a los empleados de clase media atemorizados de perder el puestito (“Está despedido!”), los que transfieren tiránicamente sobre su familia las humillaciones a que los somete el jefe de la oficina.
Posteriormente, al incorporarse Battaglia y Ferro como dibujantes, la revista indaga con humor la realidad incontenible de la vida cotidiana. Ferro tiene la habilidad de observar esos hechos que suceden a diario, que por ser tan triviales pueden pasar inadvertidos. Su costumbrismo transforma en personajes a las amas de casa, a los colectiveros, a las maestras, al burócrata, al desempleado, a los veraneantes y hasta a aquel que se pescó una gripe. La aventura de la vida cotidiana es pintada con chistes espontáneos en la ingenuidad del buzo Chapaleo, el sentimentalismo de Langostino, la valentía oculta de Cara de Ängel y las torpezas de Bólido –ese chico de reaccionar lento- pequeños héroes ilusos y tristes que sobreviven en una ciudad que los aplasta. Battaglia, en cambio, es más vital, y recrea a María Luz (antecesora de Mafalda), la niña prodigio, el pequeño monstruo que desafía al mundo de los consagrados que, como Eisenhower o Einstein, recurrirán a ella para pedirle consejos.
Rico Tipo, aparecida a mediados de la década del cuarenta está pensada de otro modo. Representativa del ascenso cultural de los sectores medios propone sus famosas “chicas”, ligeras de ropas, esculturales, frívolas, con mucho de coristas y poco de chicas de barrio. Las chicas Divito son prototipos ideales, creadoras de modas y esclavas a la vez del último grito. Reúnen aspiraciones de independencia –piensan como muchachas emancipadas- pero recaen en la femineidad tradicional, pues son objetos para mirar al mismo tiempo que caprichosas e inalcanzables. Las Divito son emblema para el porteño (“Parecés una chica Divito” –es un piropo corriente) pero otros personajes de la revista ganan en realidad; así Falluteli encarna a un oficinista trepador, sin ética; Bómbolo al cándido; Fúlmine al jettatore; el Abuelo al viejo verde y El otro yo del doctor Merengue a la sicología del “no te metás”, pues la doble personalidad de Merengue es la lucha constante entre hacer o frustrarse que los prejuicios sociales imponen.
César Bruto, con dibujos de Oski, trasmite desde su periódico semanal Versos y Noticias la vida de una cuadra de barrio con pensiones y conventillos de viejas parloteantes, chicos malísimos y bardos canyengues, sociológicamente pasada de tiempo, aunque persistente en la cultura de arrabal que la industrialización y los años cincuenta no han disipado. Quizá Purapinta sea quien mejor refleje el contorno nuevo, ya que se trata de un guapo de caricatura, vencido por un clima sicológico donde el matón, pese a su pechazo y al gesto fiero, debe resignarse a convivir. Los conflictos que surgen de esta postura son la razón de Juan Mondiola, un guapo supérstite, orillero de lenguaje y parada, trasvestido y ridículo, que aún puede verse en los barrios donde pasan tres discos de tango y uno de “moderno”. Según Rodolfo M. Tabeada, su creador, Juan Mondiola seduce a las “pardas” y siempre se las rebusca para alzarse con unas “gambuchas”, lo que es posible, pero no obsta a que su personaje sea mítico, desentonado, a contramano con la década. En otras tiras viven Amarroto, el avaro, y Fiaquini, el inútil (dos seres criticados por no estar a la altura del consumo y la producción crecientes) y Piantadino, un personaje libre, que ha conquistado su libertad de tanto que ha sido perseguido.
El universo de la clase media es patrimonio de Horacio S. Meyrialle, que escribe Pichuco y yo y Pocholo. Sus criaturas son hermosas, rubionas, convencionales y felices, disputando las pequeñeces de la novia, el cuñadito y la suegra, sin pesares, repitiendo hábitos con liviandad chispeante. En cambio, Calé dibuja Buenos Aires en camiseta y es otro su mundo: realista, suburbano, reo, desencantado, con un lunfardo cargado de nostalgia. Su percepción recrea el costado escéptico de los sectores populares, añorantes de un pasado que no conocieron, pero que suponen más feliz que la vida de todos los días.
En 1955, el país cambia, y con él los contenidos del humor. Rico Tipo, dedicada a criticar tibiamente las costumbres, no se pone a tono con el regreso del humor político que Avivato y después Tía Vicenta desplegarán con ingenio inagotable. En tía Vicenta –nombre del personaje central, una vieja solterona capaz de analizar la realidad política con el candor más punzante- hay también observaciones agudas sobre la vida social. Quizás sea en La familia Cateura donde la inteligencia de Landrú lleva más a fondo la crítica a la familia autoritaria. En la historieta, el padre es un sádico que goza pegándole al hijo patadas en el tímpano; el chico, que quiere ser intelectual, es permanentemente castigado y obligado a estudiar latín para llegar a ser “un buen carnicero como su padre”. Jezabel, la madre, participa de los castigos, y ambos suelen ir a espectáculos de mal gusto después de encerrar al niño. El señor Cateura y su mujer son peronistas –simpatía política que Landrú supone autoritaria, bárbara- pero más allá de esta apreciación que por lo generalizada puede resultar injusta, su propósito es criticar una conducta, un modo de ser familiar incivilizado y anacrónico, que los porteños de fines de la década del cincuenta rechazan de plano. Los diarios aportan personajes de éxito. Don Fulgencio y Avivato, de Lino Palacio, que salen en la última página de La Razón, son llevados al cine, interpretados por Enrique Serrano y Pepe Iglesias (El Zorro). Los dos reinciden en una comicidad circunstancial, sin espesor conflictivo. En cambio, José M. Medrano, desde las tiras tituladas Grafodramas que publica La Nación, anima una crítica sutil, expuesta con la clave de una sola palabra para todo el dibujo, donde desfilan, como en un fresco, esos perdonables detalles que venden a los caballeros más compuestos.
Los lectores de la literatura imaginativa, de cuadros con dibujos a pluma, personajes superdimensionados, globos y textos en vertical que los quioscos entregan semanalmente, tienen en los años cincuenta la posibilidad de disfrutar trabajos de reconocida calidad, que algunos expertos denominan “la época de oro” de la historieta. Claro que esta apología no cabe para El Tony o su melliza, Intervalo, con su invariable contenido de largas historias de guerra, espionaje y policiales, donde ineluctablemente los norteamericanos son el desiderátum de la belleza física, la generosidad y el arrojo, mientras que sus cambiantes adversarios (alemanes, rusos, chinos) reúnen las peores aberraciones estéticas y morales. Los héroes de Intervalo son del tipo Buz Sawyer, un grandote de quijada cuadrada “que trabaja en Panazuela como agente de la CIA y colabora con el candidato a la presidencia pro-yanqui de ese país, el senador Acada, cuya hija acaba de ser secuestrada por sus enemigos políticos y está alojada en una gruta”. El propósito inicial de Intervalo (1948) es aproximar a la mujer a la historieta y lo logra, publicando en los cincuenta sus melodramáticos folletines. En 1953, en razón del éxito radioteatral de El León de Francia (“negra, renegra de negra su capa aletea…”) comienza a publicar la serie –que es muy bien recibida- hecho que ratifica la idea de seguir siempre a la zaga, reincidiendo en la adaptación de radioteatros, y en años posteriores, de películas.
Opuesta en calidad a las recién mencionadas y dirigida al público adolescente, está una de las más memorables revistas, Patoruzito, con su tapa humorística en colores, donde casi siempre aparece Isidorito, papelonero y miedoso, opuesto a su primo Patoruzito, sobrador, dominando la naturaleza. La historieta central son las aventuras de estos niños, versiones anticipadas de lo que serán cuando grandes: Patoruzú, el indio magnánimo, e Isidoro, el porteño calavera. Siempre hay forajidos que les quieren robar los bienes de la estancia de la Patagonia, a los que ellos vencerán, ayudados por la dulce Chacha, una india que fuma en pipa, el lealísimo capataz Ñancul, y las insólitas colaboraciones de Upa, el panzón, un opa balbuceante que no aprendió a hablar. Un dueto de vivillos, Chiquizuel y su nieto Chupamiel, tratan de vivir de arriba, postura nada criticable si tenemos en cuenta la exhibición de fortuna que hace el patroncito. Dos tiras de humor encantan a los chicos y mayorcitos: Langostino, el navegante independiente, con su amada Corina, la barca, y Mangucho y Meneca, dos niños muy avispados que se reúnen para sus aventuras en el almacén de Don Pascual. Los acompañan un dientudo inolvidable, Taraletti, un policía indolente y dipsómano, Grappini, Don Pulguetti, el sucio, dos animalitos preocupantes Felipe el sapo y el gato Maula, y la ampulosa Zazá, que vuelve loco de amores a don Pascual. Dos mozos gallegos completan el elenco ejercitando un diálogo permanente: “-Are you Manolo?-, -Yes, I am”. Otras historietas son dramáticas y sentimentales (Tucho, de canillita a campeón), clásicas aventuras del Oeste (Cisco Kid), espectaculares (El joven capitán Marvel) y policiales, con un detective buen mozo, de anteojos, asistido por Desmond, su valet: Rip Kirby. Pero es Vito Nervio, “el genial detective argentino”, quien más atrapa, pese a sus diálogos rebuscados y a las desconcertantes intromisiones del narrador.
Misterix, de editorial Abril, se presenta como “gran semanario de aventuras” y descubre para los lectores un super-personaje que da nombre a la revista. Misterix es un noble inglés dotado de insuperables elementos científicos. La armadura atómica lo hace indestructible y la pila nuclear que reside en su hebilla desintegra a los atacantes. La revista trae una historieta de sabor inédito en el país, Bull Rockett, de Oesterheld, que exalta el valor de la amistad en la acción, a la que sigue El sargento Kirk del mismo autor, con dibujos de Hugo Pratt y personajes sin esquematismos, penetrados sicológicamente. De la misma editorial es Rayo Rojo –de tamaño mínimo ideal para leer en el colegio durante las anodinas clases de Instrucción Cívica- que entrega lunes a lunes las ambientadas historias de Fuerte Argentino en su lucha con la indiada, donde es tan vasta la pampa que los caballos semejan perros. Quienes leen La Razón siguen a Hormiga Negra y tiempo después a Lindor Covas, el cimarrón. En 1957 aparecen dos revistas, Hora Cero y Frontera, en plena decadencia de Patoruzito. Las nuevas llegan a tener versiones semanales, mensuales y “extras”. Una de las mejores historietas es Ticonderoga, serie de antiguas historias dibujadas con trazos suaves por Pratt, sobre argumento de Oesterheld; en otras, se revela una particular inclinación por modificar las formas y el contenido del género, prisionero de clisés importados. Patria Vieja es uno de los intentos, junto a Joe Zonda y Lucky Piedras. El gran acontecimiento de la historieta nacional sucede en los cincuenta y se publica en Frontera. Nos referimos a El Eternauta, la obra de Héctor Oesterheld, uno de los creadores más talentosos. Es imposible olvidar la batalla de la cancha de River contra los cascarudos, las nieves mortales, los robots, los gurbos y los manos, esos seres inteligentísimos, con cientos de dedos, incapacitados para traicionar, que los invasores dominan con la inyección de suero. La peripecia de Juan Salvo y sus amigos al enfrentar la invasión es una epopeya rodada en Buenos Aires, devastada por un superimperialismo inhumano, bárbaro, que debe redoblar sus atrocidades para terminar con los últimos sobrevivientes. En los cincuenta todavía sale Pif-Paf, y son de la época Puño Fuerte y Poncho Negro, y para los escolares las ingenuidades de La Vaca Aurora y las audacias de Periquita, las que junto a Picho de la Federal vienen en la oficialista Mundo Infantil. Billiken trae a la inefable pareja de Pelopincho y Cachirula, el buen humor de Ocalito y Tumbita, El ratón atómico luchando eternamente con el conde Gat. Los demonios de las pistas y Las aventuras de Pi-Pío con la animación de Calculín, el niño modelo, que atormenta a los colegiales por su sabiduría prodigiosa y su alma de monitor y correveidile de la maestra. Calculín, con un libro abierto incrustado en el medio de la cabecita es el niño emblemático de los consejos de Billiken. En el medio y abajo de las páginas de la revista (de tapas con niños gorditos dibujados por Lino Palacio) puede leerse: “No envidies a nadie”, “Ser un niño puntual en todo es algo muy honroso”, “Terrible desgracia es ser haragán e inútil”, “La mano que mece la cuna es la mano que gobierna al mundo”, y otras genialidades por el estilo, cautivas de la moralina que provee Constancio C. Vigil. Pero este espíritu irreal parece ser el que gobierna a todas las historietas, con poquísimas excepciones. Tanto para Lindor Covas, como para Bull Rocket, Vito Nervio y Misterix no existe el sexo: son personajes misóginos, que tienen relaciones hiperformales con mujeres, como Juan Salvo con su esposa y Tucho con la noviecita del barrio. Las aventuras de la vida no son tema de las aventuras de historietas, que prefieren hipostasiar la realidad con las invenciones increíbles donde raramente aparece el amor, un tema tan cotidiano, por otra parte.

Algunos investigadores de tango aseguran, luego de intensas cavilaciones técnicas y conceptuales, que el compás canyengue que se canta, baila y canturrea, carece en los cincuenta de la ambientación temática que le otorgaba el arrabal, lo que es innegable, pues el contorno urbano se ha metamorfoseado en jóvenes barrios industriales y comerciales densamente poblados. Ha desaparecido la orilla maleva y su colorido clásico de personajes amargos con historias pasionales y truculentas. Buenos Aires ha sido la ciudad del tango hasta entrados los cincuenta, y va dejando de serlo. ¿Las razones?, varias. Primero el alejamiento del público. Buena parte de la clase media prefiere otros ritmos, y aducen los especialistas que esta elección está teñida de política debido a la analogía fácil de desdeñar toda manifestación popular porque puede asemejarse al peronismo. Algo de cierto habrá aunque también hay que apuntar las elecciones sectarias del público bailador de tango que frecuenta los grandes clubes, el que sólo parece aceptar los modelos más esquemáticos, no siendo casual la popularidad de Juan D’Arienzo, un instrumentalista caracterizado por imposiciones fuertemente marcadas. La declinación del tango es perceptible, y basta la mención de algunas orquestas que conocen en los cincuenta el arrebato final (De Caro, Di Sarli), los conjuntos que se disuelven (Salgán, Francini), los que se exilian para estudiar (Piazzolla), o aquellos que como Fresedo, tocan para oídos escogidos. Aníbal Troilo, por su calidad y por su carácter netamente bailable es el único que está plenamente vivo en la agonía.
Además, el tango se queda sin creadores. Y no echemos la culpa a la industria cultural, al cosmopolitismo y al imperialismo, al que siempre se mete de rondón. Los primeros cincuenta son una época donde a pesar de las improvisaciones oficiales los sectores populares están bastante desahogados, y las penurias de la vida cotidiana no son exactamente las mismas de las décadas anteriores, de desocupación e inseguridad social; por eso, la repetición tanguera de los mitos de la melancolía, la mishiadura y el pesimismo, suenan a destiempo. Cuando aparecen cotidianamente los bifes de chorizo en las mesas de Buenos Aires, la “mina” que agonizaba en el cabaret recibe puntualmente el salario y se toma vacaciones y la “viejita querida” es pensionada o cobra la jubilación, no está el ánimo popular templado para idolatrar miserias, sino a la inversa. El público al que se dirige el tango quiere mostrarse alegre en los carnavales multitudinarios de la Avenida de Mayo –y allí baila tango- pero más lo entusiasma la música “vivaracha” –como se dice- las canciones brasileñas (Delicado, Brasileriño), los baiones y mambos que con baratura interpreta “la jazz” de Barry Moral, Los Estudiantes, Osvaldo Norton, Casablanca, Ken Hamilton, Los Bambucos, Varela-Varelita y el trompetista Rondinelli y la “característica” de Feliciano Brunelli, que viene desplegando la mandolina desde 1937. Por supuesto que esa idea del gobierno peronista de proteger (casi agresivamente) a la música nacional obligando a pasar el 50% de obras argentinas, es absolutamente inútil, pues es sabido que la historia del tango, como de cualquier otra expresión musical, no puede hacerse por decretos.
Por otra parte, los tangueros prefieren olvidar la realidad. Ignoran que ahora el arrabal que los melancoliza y obsesiona está al alcance de la mano, dentro de la ciudad y en las márgenes, constituido por las villas miseria y los vastos barrios de viviendas pobres donde abunda la “mala vida” y los demás temas predilectos. Pero la realidad suburbana de los cuarenta y de los cincuenta no es digna ocasión para las letras de tango, que insisten en repetir lo aprendido y en copiarse, en evocar anocheceres mitológicos ocurridos hace treinta años.
Luego, no hay razón para asombrarse que el gran éxito de Alberto Castillo en el 54 no sea tango. Si Castillo –caricaturesco, gesticulante, con algo de Al Jolson y de Perón por su capacidad de acercarse al público, que atrajo multitudes en los cuarenta por sus desplantes frente a los “pitucos” (“Qué saben los pitucos, lamidos y ‘shushetas’…?”, que se abre el saco, afloja la corbata y cuelga el pañuelo fuera del bolsillo- hace un suceso con Por cuatro días locos y El Beso, una marchita y un pasodoble, sin contar con los negros candomberos, Cachivachero y otras estridencias que nada tienen que ver con el tango, es porque la gente busca otra cosa, algo que la revele y le identifique el humor, que sea simple, muy bailable, más aún, muy movible, y que se pueda cantar mientras se baila.
Pero eso no es todo, y sería un error pensar la “decadencia” como un abandono en la gustación del tango. Hacen furor en la década: Fumando espero (Varela-Ledesma), Bahía Blanca (Di Sarli, que disuelve su orquesta, para aparecer, en los carnavales de 1956, “Los señores del tango”), No te quiero más (D’Arienzo-Bustos) y Yuyo Brujo, con Laborde; Patio Mío y El Patio de la morocha (Troilo-Casal), Gitana rusa (Sánchez Gorio y Luis Mendoza), Canzonetta (Gobbi-Maciel), La yumba (Pugliese), Prepárense de Piazzolla, que hacen Fresedo y Troilo, En el cielo (Ledesma-Dragone), Baldosa floja (D’Arienzo y en dúo Bustos y Valdéz), Antiguo reloj de cobre (Pugliese con Montero), Responso, Troilo, en homenaje a Manzi, La Gayola, por Julio Sosa (con Francini-Pontier y luego Pa’mí es igual con Rotundo) uno de los cantantes de esos años, casi empardado con Alberto Morán (Pasional y San José de Flores con Pugliese) a quien siguen las mujeres. Gustan La Pastora (Alfredo de Ángelis, cantando Carlos Dante), Che bandoneón, Rubí y Qué viejo estoy (Héctor Artola-Oscar Alonso), A don Agustín Bardi y A fuego lento (Horacio Salgán), Pan y Margarita Gauthier (Salgán con Goyeneche), Como abrazado a un rencor (Salgán con Ángel Díaz), la milonga Taquito militar de Mariano Mores por Mores, Fueron tres años por Argentino Ledesma, y Sueño querido por Salgán, cantando Horacio Deval, igualito a Gardel. Claro que pueden agregarse tantos más, pero la memoria es porosa para el olvido, aunque no deja de recordar a los que se han ido para no volver. Homero Manzi, Juan Carlos Cobián, Discépolo, Osmar Maderna, Fiore y Angelito Vargas, “el ruiseñor de las calles porteñas”. También recuerda a los imitadores de Gardel: Deval, Rolando Chávez y Jorge Vidal, en la peinada; a las mujeres que cantan: Virginia Luque, Susy Leiva, Alba Solís, Elba Berón, Aída Denis, Blanca Mooney, la exótica Ranko Fuyisawa, y un episodio deplorable, la persecución por motivos ideológicos a Osvaldo Pugliese.
La crisis de la música tanguera se expresa en su esencia, el baile, pues el tango sin baile deja de ser tango, para convertirse en poesía cantada o concierto. En los carnavales de 1957, en San Lorenzo de Almagro, donde toca Pugliese, el público –una “hinchada” disciplinada que rodea al conjunto- ocupa totalmente la tribuna norte del estadio. En la pista, en cambio, cuando se irradia tango ralean las parejas, que pasan a llenarla al sonar el rock. La mayor recepción de la música rítmica (para denominarla de algún modo) se acentúa desde 1955. Las intenciones vienen de antes, pero han sido reprimidas por las directivas de muchos clubes. En 1953, durante el carnaval hay cartelones que “Prohíben bailar suelto”, aduciéndose un accidente ocurrido no se sabe dónde en el cual una chica parece que se desnucó. Hacia 1956-57 se acaban estas prevenciones. Los jóvenes quieren bailar “suelto”, soltarse, mover el cuerpo: a las chicas les encanta bailar “a saltitos”. Hay en esta actitud mucho de liberación corporal, de disfrute de la corporeidad, de placer, de desahogo, de alegría. Por su parte, flaco favor se hacen los tangueros. Dicen que la juventud no baila tango “porque no sabe”, argumento especialmente esgrimido por los mayores, que infunden el mito de que “no cualquiera” puede hacerlo, y demuestran, en los patios de las reuniones familiares que saben bailarlo, armando una estampa de rostro amargo que los jóvenes no soportan, o en todo caso, observan como una antigua manía, como a una secreta coreografía supérstite. Y ningún muchacho está dispuesto a mandar un giro postal a Domingo Gaeta, Callao 660, para que a vuelta de correo le envíe las lecciones fundamentales de “tango de salón o tango de fantasía”, que podrá practicar “en su casa en las horas libres, sin música y sin compañera”.
Ya son famosos Frankie Lane (Jezabel), Johnny Ray, el lacrimoso, que nos visita en 1958 y arrasa con Caminando bajo la lluvia; Nat King Cole, otro embajador, que canta en castellano Adelita y Quizás; Paul Anka, el de Diana y Tú eres mi destino; Peggy Lee (Fiebre), Pat Boone, el ídolo de las colegialas, con Oh Bernardine y Sweet Su; Andy Russel (Vete de mí), Los Panchos y sus boleros para enamorarse: Cien mujeres, La hiedra; La barca, Hojas muertas, El reloj, La escala musical…; Julio Jaramillo (Nuestro juramento), Rosamel Araya (Arrepentida, Mechita), Chabuca Granda y el vals peruano La flor de la canela, Los Cinco Latinos (Como antes y Tú eres mi destino, el mismo tema que Paul Anka canta en inglés), Los Plateros y el célebre Only You, Los tres Ases y los grandes del rock: Bill Haley (Al compás del reloj, Hasta luego cocodrilo), y Elvis Presley, el Rey, con Ricardito y otros inolvidables.
De las figuras vernáculas gustan los Mackee Macs (Mister Banyo), Rocky Pontoni, Eddie Pequenino, y sobre todo Billy Cafaro, el de la barbita, al que rodea un éxito estruendoso por su Piti-Piti. El jazz comercial –en todos los cincuenta- tiene un intérprete que las vuelve locas, Glenn Miller, “el hombre que dejó caer una lágrima sobre el jazz”, con Serenata a la luz de la luna, Adiós, Patrulla Americana, De buen humor y otras delicadezas. Ray Coniff goza de una adhesión popular espectacular, mientras que en 1958 se produce un renacimiento del charleston, revival que se acompaña con moda vestimentaria, brazos en alto y zamarreo del continente.
Ante tamaña embestida los tangueros parece que andan de luto. Continúan recibiendo aplausos de sus seguidores de radios, bailes, confiterías y salones: D’Arienzo en el Chantecler, Troilo en Patio de Tango, Pugliese en La Argentina, otros en el Primer Bodegón Porteño, estrenado a fines del 50, en San Telmo; en el Tango Bar de Flores, en el Club Villa Adelina, en Terremoto de Barracas, en el Almagro de Villa Urquiza, en la confitería El Olmo, de Once, o en Cabildo, De Esmeralda y Corrientes, donde todavía se puede ver a la última orquesta de señoritas. Empero, los amigos del tango siguen muy preocupados. Cantando (“la revista de la música popular”), lo mismo que El Alma que Canta y Radiomelodía, repiten número tras número el tema de la decadencia con la misma canción desesperada: “Es imperioso revivir el tango”, “es preciso revivir añejos recuerdos”, “debemos revivir la época de oro”, “el público ha perdido el gusto”. Los entrevistados Cátulo Castillo y Osvaldo Fresedo señalan como causales del ocaso “la carencia de fuentes de trabajo, que han ido cerrando inexorablemente”. D’Arienzo, por su parte, se encarga de fustigar a los músicos jóvenes (Eduardo Rovira, Piazzolla) que desnaturalizan el tango, “sin desmerecer su probada capacidad”. No falta quien culpa del contratiempo a “la indiferencia de los provincianos, pues el tango no termina en la Avenida General Paz”. El 11 de agosto de 1959 la editorial de Cantando llega al extremo: se titula “Los muchachos del jazz difunden nuestro tango” una nota de agradecimiento a Panchito Cao, Barry Moral y Ray Nolan por haber resuelto incluir en su repertorio algunos tangos. Resulta paradójica la triste respuesta de que la salvación del tango dependa de los cultores del swing. Pero son exageraciones “movidas por la emoción”, según se reconoce.
Resumiendo al mundo de la domesticidad, como el centro emisor al que todos atienden y respetan, está la radio, ubicada estratégicamente en la cocina, sobre una mesa, en una repisa o en un banquito. En las noches de invierno se la lleva junto a la cama, en el verano se la saca al patio, y en las fiestas de fin de año sale a la vereda a meter sonido en los bailes que se organizan espontáneamente en las calles de barrios populares. Goza de tanto prestigio como los matutinos serios, porque si a alguna noticia se le agrega la confirmación “lo dijo la radio”, adquiere sello de verdad indiscutible. Es la gran compañera de las mujeres cuando planchan, hacen y remiendan ropa; de las amigas y vecinas que se reúnen inexorablemente a escuchar la novela, de los chicos que esperan Tarzán, de los hombres mayores que escuchan el “noticiario” para seguir la política y los comentarios y transmisiones deportivas.
La radio de los cincuenta es un aparato con mueble lustrado, con cajoncito con tres botones, parlante delantero, dial luminoso y aguja giratoria. Tiene un cable para enchufar, y otro, dejado caer, que le sirve de antena. Hay cientos de miles de receptores, y todavía pueden verse los clásicos modelos de los primeros tiempos –los años treinta- en forma de capilla. Recién a fines del ’50 se difunde la radio a transistores, en una época de franca decadencia de la radiofonía. La radio a transistores no es un artefacto para la familia; se entiende con el solitario que la cuida y pasa el día con ella; es la “cantora”, según la jerga presidiaria. El nuevo modelo es manuable, fácil de llevar, placentero, algo que a poco de usarlo se transforma en personal, como si estuviese incorporado al que lo tiene pegado al oído. Su carácter individualista creará problemas de comunicación en las parejas que pasean los domingos, en los matrimonios con chicos que salen a tomar sol, cuando los varones caminan escuchando las alternativas del fútbol.
La radio de los cincuenta –hasta 1955-56- irradia para la familia la audición de Jabón Federal, los domingos al mediodía y jueves por la noche por Radio Belgrano, el programa con mayor audiencia. Son sus figuras El Duende, que se anuncia con un telégrafo (“es el duende que llama”) comentando noticias desusadas, y una caravana renovada de personajes extraordinarios que acaparan el gusto del público. Alberto Castillo es el astro rutilante (“El cantor de los cien barrios porteños”), al que siguen Antonio Tormo (“el cantor de las cosas nuestras”), Juan D’Arienzo, con las voces de Echagüe y Laborde, y una serie de artistas inusitados, como surgidos de lo más insólito de la farándula: el hijo de Agustín Magaldi, un muchachito de 12 años que entona el patético repertorio del padre, y lo hace bien; Susanita Peña, la niñita que canta tangos; un señor que toca conciertos con un peine. De las importaciones desopilantes, nadie superará al italiano Nicola Paone, un legítimo boom en el primer quinquenio, que hace giras por los cines de barrio y ciudades del interior. Paone participa también en grandes asambleas peronistas cantando con el público Ue paisano, La cafetera (Che fa blu-blu) y la pícara Señora maestra (“¿Usted que tiene allí?”). La tradicional pica entre Radio Belgrano y El Mundo le hace proyectar a LR1, para los domingos de 12.30 a 13.30, Estrellas al mediodía, donde se larga con todo: Luis Sandrini, Conchita Piquer, Iris Marga y Dringue Farías, con el auspicio de Iggam. Pero, no hay caso, cuesta arrancar del aparato a la gente habituada a la publicidad del Jabòn Manuelita, al motivo musical mazorquero de los productos Federal y a la voz de Juancito Monti, llegando al programa a integrarse como un ingrediente más del almuerzo dominguero. En cambio, es de Radio El Mundo el bloque del anochecer, que se escucha de lunes a viernes antes de ir a tumbarse al café. A las 19.30, Qué pareja, con Blanquita Santos y Héctor Maselli; a las 19.45 Héctor y su orquesta argentina de jazz; desde las 20, Los Pérez García con Martín Zavalúa y Sara Prósperi, y para rematar el Glostora Tango Club, con Alfredo de Ängelis.
En los barrios, la gente mayor sigue apegada a Radio del Pueblo. El tono “de la onda más popular” se individualiza por sus locutores gritones, desafinados, que anuncian las actuaciones de los artistas con frases como ésta: “Azucena Valdez, la excelente cantante que supiera cosechar aplausos a granel en su acertado programa que anima el conocido locutor Capuano Tomey, con y griega”, o como Armando Armagno Cosentino, quien presenta al siempre considerado Héctor Sánchez como “el hombre púa de Radio del Pueblo”. Sánchez “es el que hace que usted escuche los discos más bonitos –aclara-, el que está siempre con su sentido musical puesto al servicio del oyente y de sus programas porque con su infatigable paciencia está siempre al servicio del oyente”. Este lenguaje paupérrimo inficiona otras emisoras (Porteña, Mitre), pero cuando todo se junta para hacer un esperpento es en los radioteatros del mediodía, entre 11 y 12, y por las tardecitas, entre las 17 y las 18. Allí asuela el clima gauchesco, tumultuoso, estridente. Acribillado de gritos, puñales y ruidos, en escenas que quieren ser electrizantes pero ni llegan a grotescas, y que sólo los chicos siguen con interés. Hormiga Negra, El lobizón, El León de Francia, Fachenzo el maldito son las piezas preferidas por los elencos, que continúan llevándolas a pueblos de provincias, con los que dialogan desde la radio para anunciar la visita o se despiden hasta la próxima temporada no sin antes agradecer “el lechoncito que el almacenero Galarza y otros buenos amigos nos habían preparado”. Los actores son, entre otros, Audón López, y el Negro Faustino (siempre temiéndoles a las luchas malas), Héctor Bates, el creador, y Juan Carlos Chiappe, el que recita “Por las calles de Pompeya llora el tango y la Mireya…”. En otro nivel está el radioteatro, o “la novela”, como se le llama, que puede escucharse todos los días a las 22.15 por Radio El Mundo en Veladas de Gala Atkinsons, donde se irradia desde Pimpinela Escarlata a Ana Karenina. Son parejas estelares Mecha Ortiz y Jorge Salcedo, Rosa Rosen y Amadeo Novoa, Iris Marga y Santiago Arrieta, Elisa Christian Galvé y Eduardo Cuitiño. La dirección es de Armando Discépolo. Un personaje inolvidable es el meloso Oscar Casco, joven de voz profunda y aterciopelada que espeta sin hesitar “¡Mamarrachito mío!” a la primera ocasión de mimo. Las mujeres se enamoran de él y lo siguen en Escúchame mi amor y otros desmayos que con la complicidad de Iris Láinez se transmiten de lunes a viernes, a las 20, por Radio Splendid. Nené Cascallar, por su parte, escribe “el Teatro Palmolive del Aire”, sin concesión a otros temas que no sean lo que ella dictamina como el eterno femenino. El radioteatro de los sábados por la noche es Radio Cine Lux, que adapta temas de películas, sobresaliendo como protagonistas Roberto Escalada, Roberto Airaldi, Antuco Telesca y Santiago Arrieta.
Hay micros para dar consejos (“les habló El Amigo Invisible”) y personajes que, por lo menos teóricamente, opinan lo que les viene en gana: Lola Membrives, Pienso lo que digo y digo lo que pienso, todos los días a las 20.35 auspiciada por Pulmosán, aunque la actriz utilice la cadena de emisoras oficiales. En ese mismo año, 1951, Tita Merello, presentada por Kolynos con libro de Luis Moretti, hace Mademoiselle Elise, una idea para burlarse desde el micrófono de las personas que no opinan exactamente como ella: ¡Hay cada figurín en este mundo…! El primer lustro soporta al emotivo Fernando Ochoa, en sus infaltables Romances de fogón y Luna, con libretos de Osvaldo Sosa Cordero, programa que dispone de un horario óptimo, los sábados a las 21.30, por Radio Belgrano. Mediante su personaje, el viejo gaucho Don Bildigerno, no escatima ocasión para rescatar las raíces nacionales de los argentinos que “el progreso de las ciudades quiere hacer olvidar”, pero se cuida de pasar por alto que al programa lo auspicia Squibb, una compañía extranjera.
Entre los personajes europeos son fama María Antinea, por Splendid, y su compatriota Imperio Argentina, por la misma emisora. Maurice Chevalier se presenta con el auspicio de Odol en Radio El Mundo, el viernes 3 de agosto de 1951, anunciado por Jaime Font Saravia. El primer domingo de abril de 1953, Charles Trenet canta por LR1, con la protección de Biodent. En esos años son costumbre los bailables, sobre todo los de Radio El Mundo, los sábados de 16 a 20.30 y los domingos hasta las 20. El auditorio se llena y se forman largas colas para entrar. Hay vocalistas propiamente dichos y de los otros, que alternan los semitonos con la medicina, como Alberto Castillo, o con el arco del fútbol, como Julio Elías Musimessi, “el guardavalla cantor”, que enfervoriza a su hinchada con un chamamé de su repertorio: “¡Dale Boca,/Viva Boca/ el cuadrito de mi amor”!. Todavía en los clubes de barrio se siguen buscando cantores, y en junio de 1953 se asegura que la celebridad y 30.000 pesos esperan al triunfador del “Gran Concurso Aliento” que busca a un galán cantor para la proyectada película Adiós Muchachos que dirigirá Armando Bo. El torneo es una vez por semana, por Splendid, y lo dirige Juan José Piñeiro. El concurso se denomina “de aliento” por la prosaica razón de que lo auspician unos caramelos de clorofila que elabora Trineo.
Entre los programas infantiles, por Radio Splendid, las 6 de la tarde, es la hora señalada. Allí imperan Tarzán, “Rey de la Selva” (César Llanos), Tarzanito (Oscar Rovito) y Juana (Mabel Landó). Los diálogos del hombre mono con su amigo Wali y el profesor Phinlander merecen ser recordados como una muestra de crisis babélica, ya que nadie puede entenderlos. Cuando padre e hijo saltan de liana en liana profieren un sonido onomatopéyico “U… uhá… U… uhá”, como si se les estuvieran pisando el estómago. Los chicos reparten sus devociones con Poncho Negro, Superman, Sandokán (El Tigre de la Malasia), el capitán Warren y Batman y Robin.
Además de las disímiles sesiones de entretenimiento (Pare la música, Si se ríe, pierde, Señora… sea práctica) la radio es el medio para caerse de risa en familia, comentar los chistes con los vecinos y volver a repetirlos en la escuela. Hacia 1950 los programas de humor han adquirido alta calidad, con un plantel de profesionales de primera línea y con libretistas de producción desbordante. Tal es el caso de Wimpi, un privilegiado de la jocundia, que llega a escribir para nueve programas a un ritmo de trabajo de quince horas diarias. Un programa de Radio El Mundo permanece toda la década: es el popular Felipe a cargo de Luis Sandrini, con libro de Miguel Coronato Paz. Dura en conjunto 23 años, en espacio comprado por aceite Cocinero, y se transforma en un personaje querido. Felipe es el mozo de café, utilero y otros oficios de “pobre pero honrado”. Es común que la gente se refiera a Sandrini llamándolo Felipe. Pepe Iglesias, El Zorro, (con libro de Wimpi) gana entre los pibes, que imitan a sus personajes funambulescos; el Ñato Desiderio, personificado por Mario Fortuna y con textos de Manuel A. Meaños, también cubre la década, por Splendid. Desiderio es un autodidacta con veleidades intelectuales y de ascenso social, en un humorismo dirigido a los adultos “-A mí lo que más me molesta, amigo Novoa, es el barrio. Yo necesito otro ambiente pa’mi cultura, ¿sabe?... Es mucho Desiderio pa’tan poco barrio”. En cambio, Pinocho (Juan Carlos Mareco, por Belgrano) conforma a los más jóvenes que admiran sus cambios de voces, emparejando devociones con el chileno Tato Cifuentes: “Yo soy Tatín, un chiquitín, muy regalón, /les diré lo que hago yo…”; mientras que Monsieur Canesú, protagonizado por Fidel Pintos, es el gran conmovedor de diafragmas, con un talento para reventar de risa. El personaje, un porteño “chanta” que se ha metido a modisto francés, despliega chistes fugaces e incisivos: “-Lucy: ¡Es usted simpatiquísimo! Canesú: -Y eso que no me cuido”, y termina las audiciones recomendando modelos totalmente desacordados (por Splendid). También están, entre otros, Pichuca y yo, con Diana Montes y Raúl Rossi, y un cómico a quien la naturaleza le jugó una broma del peor gusto. Se trata de Pepe Arias (El Rey del Monólogo, Liberato, etc.) quien debe soportar serios obstáculos para actuar en radiofonía hasta 1955 por la ironía caprichosa de ser su tono de voz –grave, alargada- muy parecida a la de Perón. Y todos saben que el general se fastidia cuando alguien quiere ocuparle el lugarcito.
En el estilo sketch sobresalen Los Mosqueteros del Éter (Juan Monti), Délfor y Blanquita Santos), El Relámpago (“y de vuelta nuevamente a la alegre redacción…”) con un elenco destacadísimo, en una serie patrocinada por aceite Olavina que logra expectativas en un concurso que promete premios valiosos si durante la transmisión del programa suena el teléfono en casa y al levantar el auricular en vez de ¡hola! se dice Olavina; La Craneoteca de los Genios, una sátira de los numerosos programas de preguntas y respuestas debida a Wimpi e interpretada por Raquel Simari, Tincho Zabala y Marianito Bauzá. Los héroes juveniles de la risa son Los cinco Grandes del Buen Humor: Guillermo Rico (el galán), Jorge Luz (el travesti), Rafael Carret (el Pato), Zelmar Gueñol (el más clásico de los cinco) y Juan Carlos Cambón (el flaco pianista). El público adolescente los sigue en el cine (filman 13 películas) y los ve como una familia de muchachos, como a la barra aventurera que a todos les gustaría tener.
El gran suceso de los cincuenta es La Revista Dislocada, la “creación cómica de Delfor”, un imitador que se arriesga a una travesura que le sale redonda. En 1955 la sala de audiencia de Radio Splendid estalla de gente los domingos al mediodía, año en que la revista desarrolla toda su personalidad. De un humor elemental pero rápido, montado en un ciclo de una hora donde hasta los avisos se pasan en broma, incorpora estereotipos cercanos al absurdo de la realidad cotidiana y suministra a su vez personajes que los porteños asumen, infiltrando en la ciudad el mundo del disloque. Frases famosas como “¡a la pelotita!” y sus derivaciones alarmantes, están tomadas de vendedores de la calle Florida; “¡istamos perdidos!” refleja a 1955, un año donde muchos que parecen eternos terminan agarrándose la cabeza y “Deben sé lo gorila, deben sé”, una canción de Aldo Cammarota y Délfor, anticipa un cambio político que toma del cuadrumano un calificativo que enfrentará a los argentinos en bandos irreconciliables. El hecho radiofónico de La Revista Dislocada reúne la expresión más alta de la popularidad de un programa cómico y, al mismo tiempo, la imposibilidad de ir más allá. En ese año comienza el avance imparable de la televisión, en una lucha entre “el éter” y “el video”, donde este último desaloja al otro y se abre paso con sus irresistibles novedades de pantallas, antenas y repetidoras. La orientación del país y del público cambian hacia 1956 y un nuevo estilo de radio se impone. Ahora es intelectual, literario, con mucho de cosa bien hecha. El mejor ejemplo es Calle Corrientes (Corrientes sentimental / eres la calle más tradicional) un verdadero desafío a los ritos domésticos, pues se transmite los sábados a partir de las 14, por Splendid, dispuesto a meter cultura en las horas de la siesta. El libretista es Roberto Gil (R.G.) que recrea personajes sacados de la noche de Buenos Aires, a quien los porteños le escuchan los furcios con modorra, pero con gusto.
La radio está indisolublemente ligada con la vida política, y la vida cotidiana se hiperpolitiza en años claves, como 1955. Años antes –el sábado 26 de julio de 1952- es por Radio del Estado que el país conoce la muerte de Evita: “La Subsecretaría de Informaciones tiene el penoso deber de informar a la ciudadanía que a las 20 y 25 falleció Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación”. Durante un mes se transmite solamente música sacra, y desde esa fecha los noticieros oficiales que comenzaban a las 20.30 lo hacen cinco minutos antes. El homenaje se extiende a los relojes de reparticiones oficiales y locales partidarios –Congreso Nacional, Concejo Deliberante y otros cientos- que permanecen hasta 1955 con las agujas inmovilizadas en la hora del fallecimiento de la señora del Presidente. El oficialismo tiene el monopolio de la radio, privilegio que la oposición considera como un abuso incalificable, con el agravante de que Perón es un orador larguero y capaz de despacharse un discurso todos los días. En los últimos meses de poder justicialista –agosto de 1955- el gobierno permite como gran excepción hablar a los adversarios, en un arranque de bondad que se llama “la pacificación”. El día que lo hace el doctor Arturo Frondizi, por la Unión Cívica Radical, se transforma en el acontecimiento más esperado de los últimos tiempos. La ciudad parece abandonada y todos –adictos y rivales- están junto al aparato “para oir lo que dice Frondizi”. La radio juega un papel clave en los sucesos de setiembre. En esos días lluviosos, los porteños se pagan a la radio, alternando las emisoras oficiales con Radio Base Naval Puerto Belgrano (rebelde) y Radio Colonia, cuyos locutores permanecen tres días sin dormir para tener al tanto a Buenos Aires de la marcha de la revuelta. Esta tour de force será la gloria de Radio Colonia, que rápidamente cobra fama de sensacionalista y rapidez informativa. Son sus héroes Walter Viera y Ariel Delgado, a quienes, en virtud de su antiperonismo militante, se los cataloga de “envenenados”.

Con la televisión –rápidamente “tele”, pantalla chica, octavo arte, “el intruso que está en el living” o “la quinta pared de la casa” –irrumpe en la vida cotidiana un fenómeno, que a los puñados de porteños que en setiembre de 1951 observan frente a cinco comercios céntricos la señal cuadriculada de LR2 Radio Belgrano TV Canal 7, les resulta poco entusiasmante. La pantalla es desproporcionadamente más reducida que la del cine, el sonido no es dominador como en la radio y no existen posibilidades de cambiar de programa. El día inaugural se ven desfilar tipos desconocidos por las cámaras y a un locutor, Fito Salinas, que lee diarios. Además, el plantón frente a la vidriera de la casa de música y la pobreza de lo exhibido no constituyen motivos para los comentarios eufóricos sobre la supuesta “maravilla del siglo”. En 1951 es temprano e injustificado comprar el televisor; pocos son los que se animan a instalar en casa los sobrios cajones Capehart, Zenith, Diamond y Dumont, con todo el despliegue que acompaña a la operación, con antenas aéreas y técnicos trepados en las terrazas. Eso sí, provoca expectativas en los vecinos que, si bien consideran la TV como signo de extrema modernidad, la miran todavía como un objeto no envidiable, desconocido, superfluo.
No se piensa que la TV absorberá en esa década el tedio de las tardes, llenará las horas de los solitarios, transformará el ocio, reunirá a las familias, acercará a los amigos que van a ver tele a las casas de los que tienen aparato, será tema obligado de mesas y de sobremesas, provocará llegadas a casa corriendo para no perderse el show de Andy Russel y generará miedos a chicos y grandes cuando Narciso Ibáñez Menta haga Obras Maestras del Terror. Hará más vivas las discusiones del café después del partido de fútbol, promoverá enamoramientos por locutores y locutoras, se convertirá en la cita semanal para los chicos que ven Lassie y hará participar a la gente en grandes acontecimientos públicos. Con todos los límites, improvisaciones y errores, la TV de un solo canal en Buenos Aires significa un cambio esencial en la vida comunitaria, contribuyendo a la desmitificación de los personajes hieráticos de los que sólo se sabe su fotografía o su voz, sean “astros”, políticos, periodistas o literatos. La TV permite conocerles la cara, los tics, los defectos. El personajón deja de serlo, se familiariza, y el circuito de la cotidianeidad aumenta.
La instalación de equipos en 1951 demanda construir dos pisos por encima del tanque de agua en el edificio del Ministerio de Obras Públicas. Ahí se localiza la planta transmisora y el primer estudio de TV. La antena tiene 50 metros de altura, 5 kilowats de energía y una potencia de 43. El 17 de octubre se inaugura oficialmente, mostrando a Eva Perón gesticulando, cansada, en diálogo con los trabajadores que le piden que no renuncie a la candidatura a vicepresidenta. Coincidiendo con esta primera transmisión de exteriores se estrenan los nuevos estudios en la casona de Ayacucho y Posadas. Transcurrirán allí los primeros nueve años del Canal 7, hasta su mudanza al subsuelo del edificio “Alas”, en Bouchard y Viamonte.
Las emisiones, en una época en la que no existe el video-tape, se realizan en un clima de improvisaciones, golpes de audacia y dificultosa superación de problemas. Cada salida al aire es un milagro, por la escasez de medios, la falta de experiencia y la heroica orfandad con que deben moverse técnicos y actores. Es común que el público escuche toda clase de ruidos, toses y la voz del apuntador en los comerciales y en los teleteatros, vea actores que hablan sin emitir sonidos y perciba ese particular clima lento de los teleteatros, pues a los actores les entregan el libreto la noche anterior y no han tenido tiempo de dormir para estudiarlo. Salen al aire órdenes del director, risas, algún insulto, fallas de memoria y errores que serán proverbiales en las desenfadadas intervenciones de Brizuela Méndez, decenas de resurrectos en las escenas de acción, pues creyendo que la cámara ya no los toma, los que han caído asesinados se levantan; insectos que se estrellan en las luces, moscas que persiguen a las primeras figuras y “baches” abismales, que se llenarán metiendo bruscamente la señal del canal y un disco de música folklórica, a veces hasta por diez minutos. El público, que ve agotada su buena voluntad, aborrece los cortos titulados “De nuestro álbum musical” empleados para tapar lagunas, y por eso, buena parte de las emisiones diarias son recibidas en los hogares con suculentos comentarios, entre desfavorables y chistosos, cuando la gente prende el aparato en los contados casos en que hay algo que ver.
En 1952, a menos de un año de la inauguración, funcionan 200 televisores; en 1953, ya andan 5.000. El gran salto es para fines de 1956, en que el televisor deja de ser un artículo de lujo y comienzan a fabricarse los primeros aparatos de industria nacional. Se calcula que 100.000 familias de Buenos Aires gozan de video, cifra que aumenta a partir del 57, año en que desplaza del mundo del espectáculo al cine y a la radio.
La publicidad de los primeros tiempos presenta al televisor como si fuese un milagro de bienestar y placer: “Sea dueño de un prodigio”, argumenta, “busque su comodidad ahorrándose colas, viajes y aglomeraciones. Vea fútbol en su propio hogar: tenga un televisor”. En enero de 1953 se piden 10.000 pesos por un Phillips importado: (“¡Llegan pocos!”), un precio caro, si se piensa que el sueldo básico de un trabajador industrial no llega a 1.000 pesos. El Capehart pasa por el “más distinguido”, y el RCA Víctor se destaca por la calidad de la imagen “superdiáfana” de 43 centímetros. Viene, como otras marcas, en dos modelos: de mesa y de consola, un verdadero armatoste que no pega en ningún ambiente de la casa. Silvania posee, por su parte, “claridad de cine”, porque tiene “Halolight”, un marco que ilumina “científicamente” la pantalla, mientras Zenith insiste en eso que para el consumidor parece obsesivo, el televisor como mueble, la jerarquízación de la tecnología por el carpintero, como si lo que realmente interesase fuese exhibir el aparato en el comedor, codicia no del todo equívoca si se recuerda que la mayor parte del día (y de la semana) el cajón permanece apagado. Tan es así que el modelo Alcott se ofrece solamente como “elegante mueble de mesa o consola”, y como si esto fuera poco, a Philco no puede dejar de ocurrírsele el “combinado maravilla”, un coctail barroco que contiene “radio, fonógrafo y televisor” en un mueble con pantalla de “altura adecuada”, dos discotecas con veinte álbumes, doce válvulas, tres parlantes y otras desmesuras de puertas y maderas lustradas que ocupan una pared.
El gabinete de un aparato común ofrece en la parte superior una superficie mínima de cuatrocientos centímetros cuadrados, aprovechada con celo e ingenio por la familia televidente que pondrá allí estatuitas, floreros, flores de plástico, objetos de cristal, centros de mesa, retratos, caracoles marinos, recuerdos de viajes, piedras, micas, ceniceros, almanaques, animalitos de paño y de yeso, imágenes de la Virgen de Luján, bustos de Evita y otras devociones, siempre prolijamente acomodados sobre una carpetita. A estos televisores montados sobre una mesa tan firme como para sobrellevar su increíble peso, se les adosa sobre el piso una caja plateada, el elevador de tensión, imprescindible para los cortes y las asiduas caídas de energía. Los primeros programas son plagios de la radio, un medio que se ve envejecer y al que todos sienten que se le hace una especie de traición.
Por el primer canal se pasa en los primeros días un “bailable”, estilo que es clásico de la radiofonía; también un ballet, en que bailotean Juan Carlos Thorry, Analía Gadé y Diana Maggi, denominado Petit Café, en pleno auge de los saquitos cortos; entretenimientos musicales, La Pandilla Marilín –otro préstamo de Radio Belgrano- y la aparición en vivo de ídolos que parecen eternos: María Ofelia, la periodista, y sobre todo, doña Petrona C. de Gandulfo, en despiadado embate contra la silueta. River y San Lorenzo, en transmisión directa desde el estadio de Avenida La Plata, es el partido que abre la etapa televisiva del fútbol.
En 1952 la TV parece una academia de barrio: se enseña a coser, a bordar, a cocinar, a hablar inglés, y rebajar el abdomen. Dos teleteatros con estrellas de radio quieren animar las tardes, y uno de ellos, Propiedad Horizontal, con José María Gutiérrez y Nelly Daren, intenta mostrar, como señala Carlos Ulanovsky, “un aspecto de la vida cotidina que ya se insinúa en los novísimos conventillos de pisos altos”. Toda pieza de teatro que se da en Buenos Aires es pasible de ser televisada, y allí va el camión de exteriores de LR3 TV Canal 7, pintado de celeste y blanco, obteniendo para el público lo mejor de la emisión diaria.
El boom del año siguiente es Tropicana Club, que intenta llevar el teatro Maipo a los hogares porteños, pero con la idea de presentar un cabaret serio donde no abunden los muslos ni los chistes verdes. Es un éxito, y lo animan entre otras figuras Osvaldo Miranda, Beba Bidart, Dringue Farías, y la “negra” Sofía Bozán. Cada showman extranjero que recala en Buenos Aires desfila por Tropicana y el público conoce en vivo a Teddy Reno, Boby Capó y al pianista Carmen Cavalaro. Una actriz francesa parece quedarse para siempre: es Paulette Christian, una rubia con ángel que será insustituible en el show. Cuando Mendy se dispone a coronar la primera reina de la TV argentina, asume la decisión del jurado que elige a Egle Martin, una morocha de ojos negros, pálida y ondulante. Las películas extranjeras con subtítulos empiezan en 1954. Son una calamidad, por lo que se pierde de texto, iluminación, de argumento. Verlas es un suplicio.
En 1955 la televisión levanta puntería. Incorpora experimentados actores de cine (Mirtha Legrand, Alfredo Alcón), televisa el buen teatro que se estrena en la ciudad, pasa buen cine nacional (De lo nuestro lo mejor, los domingos por la noche), difunde una imagen de opinión personal no burocrática, a cargo de las paradojas liberales del periodista español Mariano Perla, en su microprograma. Pero el verdadero despegue es para 1956. Ese año llega Pinky a Canal 7, y su imagen sale por primera vez al aire en el aviso de vinagre Alcázar. Odol pregunta, el ciclo de Grandes Conciertos y Todo el año es Navidad, con el eficacísimo Raúl Rossi, completan un plan de esfuerzos que se lanza a captar cada vez más público. En 1957 incorpora las series filmadas y dobladas en castellano Patrulla de caminos (“20-50 llamando a jefatura”, con Broderick Crawford, zangoloteándose y cerrando los ojos), Cisco Kid (”¡Hey Cisco!”), El llanero solitario, Cuatro hombres justos. Aunque un decreto del gobierno provisional ha dispuesto “cuidar la pureza del idioma evitando deformaciones estructurales y fonéticas”, la andanada de “carros”, “balaceras”, “neveras” y “gelaterías” de las ahora series dobladas en México, Miami y Puerto Rico, dan lugar a imitaciones burlonas y en los juegos de niños –si se trata de cowboys y otros remedos armados- no faltan influencias de los giros y modismos de las series. Ignacio de Soroa anima un entretenimiento sencillo pero bien recepcionado: Un, dos, Nescafé; Iris Láinez enmudece y escucha su monólogo interior (¿Qué dice una mujer cuando no habla?), y a Virginia Luque, que hace primeros planos de ojos y labios en La Familia Gesa, no le faltan quienes temerosos de su propia vista se ocupen de sus milímetros de escote. Un actor bajo, gordo, con peluca y anteojos empieza a hablar de política; es Tato Bores, un recién venido de LR3.
Al año siguiente, Teleteatro para la hora del té, con Fernando Heredia y Maria Aurelia Bisutti como primeras figuras, sorprende y atrapa a los que a las 17.30 están en casa. Se pasan nuevas series: Te adoro, Lucy; Jim de la Selva, y Lassie, que auspicia el lavarropas KC Master Bendix, declamado por el tono rotundo de Cacho Fontana. El 1º de Mayo, cuando Arturo Frondizi asume la presidencia de la República, el Canal 7 realiza una transmisión espectacular de exteriores, la de más ambicioso alcance en la breve historia del medio. Se viven unos meses de apertura y las cámaras registran a Blackie tuteándose con unos amigotes de Hollywood, al padre Moledo que aconseja templanza y a Augusto Bonardo, un creyente del diálogo, que se arriesga con El pueblo quiere saber. Andy Russel, crooner juvenil americano que presenta IKA, se transforma en el centro de un gran show, donde debutan muchos que harán fama; el trío Balá-Marchesini-Locatti, Nélida y Eber Lobato y Marty Cosens, presentados por un locutor de radio de voz cálida y grave, Antonio Carrizo.
El último año de los cincuenta es ya, para el único canal, una serie de hallazgos de alto nivel. Historia de jóvenes, una idea de Marcelo Simonetti, es la gran posibilidad de madurez y cambio de la televisión argentina. Con libretos de Dalmiro Sáenz, Osvaldo Dragún, Andrés Lizarraga, Alberto Vanasco y David Viñas se abordan temas cotidianos que rompen con los enfoques convencionales. En el elenco desfilan María Cristina Láurenz, Emilio Alfaro, Luis Medina Castro, Jorge Rivera López, Norma Aleandro, David Stivel, entre otros. Narciso Ibáñez Menta hace Poe, manteniendo a los televidentes con el corazón en la boca (Las obras maestras del terror), Pedro López Lagar interpreta a Arthur Miller, y su Eddie Carbone de Panorama desde el puente quedará como una interpretación inolvidable. Hay polémicas por el verismo de Distrito Norte y conflictos por los reportajes de Jacobo Timerman en Sala de periodistas, mientras Nat King Cole canta Adelita y todas las noches, el ex deportista Héctor Cataruzza dice con voz emocionada “Templadas noches, amigos”, como si se despidiera para siempre.
Los “astros” cotidianos de la TV son locutores; en casa se habla de ellos como gente de familia, y no sólo por lo que trae Canal TV sino en razón de sus apariciones constantes en la pantalla, pues debido a la ausencia de video tape pueden presentarse hasta diez veces por día. Pasan avisos e intervienen en los programas; en los primeros tiempos, perciben un cachet para hacer comerciales, que oscila entre cincuenta y doscientos pesos por minuto. Algunos, como Adolfo Salinas, Nelly Trenti (la del lunar), Guillermo Brizuela Méndez y Nelly Prince (la del batido), llegan a pasar más de media hora diaria de avisos. Ganan una fortuna, si anotamos que el sueldo de un empleado es de mil quinientos pesos mensuales. A los locutores y locutoras el público los conoce, los selecciona, les tiene confianza y los prefiere a todos, aunque ama secretamente a uno o dos. Otras imágenes que están en contacto con los espectadores son las de Víctor Andrich, Rodolfo Aguirre Mencía, Julio Vivar y un par de niños prodigio, Juan Carlos Vera (el gordito) y Gustavito Dessal; entre las femeninas, Pura Delgado, Gloria Raines, Rosita Gorbato, Nancy Rojo, Gloria del Valle, Mara Martin, Gloria Leyland, Thelma Mendoza, Colomba, Edith Boado, Sarita Rudoy.
Dos locutores son arquetipos de la década del cincuenta: Guillermo Brizuela y Pinky. El “negro” representa al porteño caradura, improvisado, audaz, que no pierde su tiempo en aprender una tanda de memoria y larga cualquier cosa, mimetizando los furcios con una mirada culpable, como pidiendo que lo perdonen una vez más. Usa traje derecho, moñito, gomina y un bigotito imperceptible, mezquino. Hace de todo: desde pintarse la cara de negro hasta descaderarse con el hula-hula. Pinky, en cambio, simboliza a la clase media en ascenso, sabe que un rasgo intelectual (o algo que se le parezca) es una pose que da status. La locutora, en los cincuenta, hace publicidad, cine (en La caída), animaciones, periodismo, cuenta relatos para niños, baila y canta. A un año de aparecer en el 7 ya tiene un club de admiradores y en 1958 la consagran “mujer del año”. El público gusta de su rostro fresco, la mirada vivaz, la sonrisa espléndida, y de su nombre, que pone a heladerías y a perritos mimosos. Pero su voz no es popular, demasiado intelectual, distinguida, íntima, y esa ronquera a los porteños les suena afectada, “petitera”, pues parece que quiere poner distancia de originalidad entre la voz de las mujeres de barrio (y de todas las otras locutoras) y esa otra, que se oye como un remedo exagerado de las voces de la clase alta.


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Notas > A fondo
POLITICAS DEL LENGUAJE EN AMÉRICA LATINA, por Aldo Parfeniuk
Somos, los de aquí (los de este lugar en el mapa mundial y este tiempo), usuarios “naturales” de la voz, en tanto instrumento- lenguaje que nos define en cuanto protagonistas de una cultura subalterna, propia de un Tercer Mundo cuyas muchas de sus expresiones mayores se dan a través de la oralidad.

Notas > A fondo
LABRADOR DE JOYAS OSCURAS, por Rodolfo Edwards
Con motivo de la muerte del gran poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz, el escritor Rodolfo Edwards nos presenta esta nota.

Notas > A fondo
Del libro de Ernesto Goldar “Buenos Aires: vida cotidiana en la década del 50”, reproducimos el Capítulo VIII: El lenguaje
"La vida cotidiana, la historia de todos los días de millones de porteños, es encilla, lenta y opaca; no es audaz, no tiene grandes ambiciones, no está a la moda, y sólo recibe de las "ondas" la mera exterioridad. Ernesto Goldar

Notas > Entrevistas
"Para Poe el territorio de la prosa era la verdad." Entrevista radial a Abelardo Castillo.
Una clase magistral sobre Edgar Allan Poe. Entrevista radial a Aberlardo Castillo.Este reportaje fue realizado a Abelardo Castillo por Jorge Dubatti y Juano Villafañe en el programa de radio Postales Argentinas, que sale al aire por Radio Nacional AM 870. Tuvo lugar el 28 de marzo de 2009.

Notas > Coyuntura
Falleció Leónidas Lamborghini
Despedida en la Biblioteca Nacional

Notas > Coyuntura
Concurso Homenaje a Nicolás Casullo
Ediciones Colihue y su colección Puñaladas llaman al Concurso Homenaje a Nicolás Casullo

Notas > Coyuntura
Tarjetas Artesanales de Los Molineros del Borda
Programa de alta en el Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda

Notas > Coyuntura
La Biblioteca Popular Parlante Sur necesita lectores voluntarios
Centro de lectura solidaria. Destinado a personas ciegas, disminuidas visuales y a todos los que no pueden leer por distintas razones

Notas > A fondo
Poesía y cultura en Argentina, por Aldo Parfeniuk
Poesía y cultura en Argentina, por Aldo Parfeniuk. Fronteras internacionales e intranacionales ante el Bicentenario.

Notas > Coyuntura
Reflexión sobre la Feria del Libro Independiente y A - FLIA, por Darío Semino
Construir un espacio nuevo y quebrar el escepticismo

Notas > Entrevistas
“Utopías, catástrofes y esperanzas.” Entrevista radial a Oscar Terán.
Este reportaje fue realizado a Oscar Terán por Jorge Dubatti y Juano Villafañe en el programa de radio El Descubrimiento que salía al aire por FM La Tribu. Tuvo lugar el 4 de junio de 2006 a propósito de su último libro presentado en el Centro Cultural de la Cooperación. De esta forma sentimos que lo homenajeamos.

Notas > Coyuntura
Homenaje a la memoria del poeta José Martínez Bargiela, por Marcos Silber
Homenaje a la memoria del poeta José Martínez Bargiela

Notas > A fondo
Manuel Puig dramaturgo
Teatro del exilio, teatro cosmopolita, teatro internacional o supranacional. Bienvenida sea, de la mano de Manuel Puig, la formulación de otra cartografía para nuestro teatro. Jorge Dubatti nos acerca un escritor para redescubrir entre todos.

Notas > A fondo
Historia del teatro, memoria del teatro: versiones y tensiones
Jorge Dubatti cuenta en esta nota como se pregunta cómo se reconocen las imágenes del pasado reciente en la historia del tiempo presente, se diferencian tanto entre sí, cómo trabaja la crítica para reconocer estos estados. Preguntas y respuestas para el debate.

Notas > Entrevistas
“No podrán con nosotros.” Entrevista radial a José Luis Mangieri.
Entrevista radial a José Luis Mangieri. El poeta y editor nos habla del debate cultural, de Libros de Tierra Firme y de La Rosa Blindada. Este reportaje fue realizado a José Luis Mangieri por Patricia Díaz Bialet y Juano Villafañe en el programa de radio El Descubrimiento, que salía al aire por Radio FM La Tribu 88.7. Tuvo lugar el 25 de febrero de 2007.

Notas > Entrevistas
“La poesía viene y se va cuando quiere.” Entrevista radial a Jorge Leónidas Escudero.
Entrevista al gran poeta sanjuanino Jorge Leónidas Escudero acerca de su libro "Tras la llave". Este reportaje fue realizado a Jorge Leónidas Escudero por Patricia Díaz Bialet, Jorge Dubatti y Juano Villafañe en el programa de radio El Descubrimiento, que salía al aire por Radio FM La Tribu 88.7. Tuvo lugar el 26 de noviembre de 2006.

Notas > Coyuntura
Jornadas Nacionales de Investigación y Crítica Teatral
En la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y en el Centro Cultural de la Cooperación, la Asociación Argentina de Investigación y Crítica Teatral (AINCRIT) organiza la programación que presentamos a continuación.

Notas > Entrevistas
"Había en mí un cierto talento de soñador". Reportaje inédito al escritor Adolfo Bioy Casares.
Esta es una entrevista realizada por el periodista argentino Pepe Quintana. La conversación se realiza en la ciudad de Buenos Aires en el año 1987. Bioy habla de su pasión por la literatura, de su hábito de soñar historias, de su entrañable relación con Jorge Luis Borges

Notas > Entrevistas
“Se dice que somos la primera generación de jóvenes escritores.” Entrevista a Pablo Black y Mariano Quirós.
Pablo Black y Mariano Quirós son dos jóvenes escritores y los directores de la revista Cuna y de la editorial del mismo nombre. Patricia Díaz Bialet conversó con ellos en una de las tantas salas del Centro Cultural Nordeste. Cómo es ser escritor y editor independiente en Resistencia.

Notas > Coyuntura
La Quinta Carta Abierta: Restauración conservadora o profundización del cambio
Se presenta al público y la prensa la Quinta Carta Abierta en la Librería Foro Gandhi el día miércoles 1ero de abril a las 13hs, Av. Corrientes 1743, Ciudad de Buenos Aires

Notas > Entrevistas
“Los libros que no leemos son las palabras e ideas que nos faltan.” Entrevista a Francisco “Teté” Romero.
En el Centro Cultural “Guido Miranda”, Resistencia, Chaco, Patricia Díaz Bialet conversó con Francisco “Teté” Romero, Subsecretario de Cultura del Chaco, acerca de cómo se redistribuye la cultura en el Chaco y acerca de los peligros del analfabetismo cultural.

Notas > Entrevistas
“La copla viene sola. Yo no la busco.” Entrevista a Aledo Luis Meloni.
Uno de los momentos más emotivos durante mi estadía en Resistencia, Chaco, con motivo de la “9na Feria del Libro Chaqueño y Regional”, fue la charla que mantuve con el gran poeta “chaqueñero” Aledo Luis Meloni. Su persona, su modo de decir, su visión de la realidad resultaron ser tan cautivantes y profundos como su obra. Transcribo la charla que mantuve con el poeta en su casa de Resistencia el día 1° de marzo de 2009.

Notas > Coyuntura
Fuerte apoyo a la promoción de autores, libros y editoriales del Chaco
La Provincia del Chaco acaba de aprobar una Ley Provincial de Cultura. Se trata de un gran acontecimiento político cultural. Tendrá un presupeusto importante y permitirá una calidad institucional en la cultura. No sólo contempla la tradicional actividad artístico literaria, sino que tiene en cuenta la cultura de la vida cotidiana y todo el movimiento étnico-cultural histórico del Chaco. Como parte del proyecto de gobierno de la cultura de esta provincia presentamos especialmente un informe sobre la feria del libro regional del Chaco que tendrá lugar durante la última semana del mes de febrero.

Notas > A fondo
Juguetear con las palabras
El poeta y periodista Daniel Freidemberg nos ofrece un análisis sobre los usos de las palabras y la propia lengua como política. Se trata de un artículo para debatir y profundizar conceptos.La simplificación del lenguaje político limita los discursos y la pobreza de los dicursos hace precaria la política. Las consignas y la obediencia debida generan una maquinaria de la militancia que impide la creatividad, la duda, la reflexión. Se pierde de esta forma el sentido crítico de las palabras y de las acciones. Daniel Freidemberg analiza los debates en el sector cultural, la SEA y la carta a los escritores de Jorge Altamira.

Notas > Coyuntura
La tradición filosófica judía y la tragedia de Gaza
Esta mesa redonda se propone examinar los recientes acontecimientos que tuvieron lugar en la Franja de Gaza a la luz de la vasta y compleja herencia cultural de la tradición filosófica judaica.

Notas > Coyuntura
Gaza: Una reflexión y una postura ineludibles
Durante la gran asamblea de la cultura del sábado 31 de enero de 2009 en la Biblioteca Nacional, se aprobó la declaración del Espacio Carta Abierta sobre la situación en la Franja de Gaza

Notas > Coyuntura
¡BASTA DE BARBARIE! ¡PAZ EN MEDIO ORIENTE!
Cientos de firmas fueron convocadas para que se alcance la Paz en Medio Oriente. Agregamos la lista completa hasta el viernes 9 de enero, día en que cerró la convocatoria. La solicitada prevista se editó en Página 12 el día domingo 11 de enero.

Notas > Coyuntura
Javier Villafañe no ha existido nunca
En junio de este año se cumplen cien años del nacimiento de Javier Villafañe. El poeta y amigo Leopoldo Castilla lo trata de localizar en esta nota. Es una búsqueda difícil. El reencuentro es mucho más dificil y casi imposible localizarlo.

Notas > A fondo
El peso de los días
El poeta se pregunta y se responde sobre el sentido de la palabra poética. La relación emocional entre el poeta y su herramienta forma parte de un viaje aéreo cuyo riesgo implica mantener la máquina en el aire y llegar a tierra en el momento justo.

Notas > A fondo
Razones de una supervivencia
Santiago Sylvester nos dice por qué la poesía sigue siendo fundamental para la vida del hombre

Notas > A fondo
Por qué hablamos de Postdictadura 1983-2008
Jorge Dubatti nos ofrece una serie de análisis que nos permiten entender por qué la dictadura se presenta hoy entre nosotros como continuidad y como trauma.

Notas > Coyuntura
Reflexiones acerca del V Festival de Danza Contemporánea en Buenos Aires
Cocoa Datei que representa a los corógrafos argentinos, realiza una serie de críticas a las autoridades del Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

Notas > Coyuntura
La pedagogía del converso
La escuela pública en la ciudad de Buenos Aires sigue sitiada

Notas > Coyuntura
Adiós a José Luis Mangieri, humilde y grande
Quienes trabajamos en las últimas décadas con José Luis Mangieri hemos perdido un gran amigo y un gran compañero

Notas > Coyuntura
Una revista radial de cultura
Hacer una revista radial fue la idea original.

Notas > A fondo
Las políticas culturales
La distribución de los bienes culturales es un tema pendiente del Estado argentino y del propio núcleo social de la cultura

Notas > Coyuntura
Los presentes de Samuel Beckett
La vigencia de Samuel Beckett en la escena contemporánea

Notas > A fondo
Una nueva filosofía de la práxis
Un ensayo donde todos piensan: directores, actores y público. Una aventura colectiva para pensar el teatro moderno. Comentario de Juano Villafañe

Notas > Coyuntura
Un país beckettiano
Pensar la puesta en escena de Fin de partida dirigida y actuada por Pompeyo Audivert y Lorenzo Quinteros es el objetivo del crítico Jorge Dubatti en esta amplia nota sobre el mundo de Beckett

Notas > Entrevistas
"Escribir es un vicio". Entrevista a Alejandro Urdapilleta.
Jorge Dubatti entrevista a Alejandro Urdapilleta, el autor de Vagones transportan humo.

Notas > Dossier
El Descubrimiento - Boletín Nº 5
Las obras de teatro y los libros recomendados por nuestro programa para el mes de junio del año 2007

Notas > Dossier
El Descubrimiento - Boletín Nº 4
El cine y los libros recomendados por nuestro programa durante el mes de febrero del año 2007

Notas > Dossier
El Descubrimiento - Boletín Nº 3
Recomendaciones sobre obras de teatro y libros presentados durante el mes de noviembre del año 2006

Notas > Dossier
El Descubrimiento - Boletín Nº 2
Obras de teatro, libros y producción poética de la cartelera y catálogo editorial recomendados por Patricia Díaz Bialet, Jorge Dubatti y Juano Villafañe durante el mes de octubre del año 2006

Notas > Dossier
El Descubrimiento - Boletín Nº 1
Jorge Dubatti presentó la programación general del III Congreso Argentino de Historia del Teatro Universal

Notas > Coyuntura
El fantasma de la desigualdad educativa
Se anticipa una dinámica que formará engullidores de conocimientos

Ver sumario
Poética > Crítica
Libros: Comentario acerca de EL ÁRBOL DE LILAS, de María Teresa Andruetto y Liliana Menéndez. Por Nora Lía Sormani. Imágenes amorosas
María Teresa Andruetto / Liliana Menéndez, El árbol de lilas, Córdoba, Comunic-Arte Editorial, 2006. Por Nora Lía Sormani

Poética > Poesía
Poemas Elegidos I - Primera Canasta
Selección de poemas de libros que llegaron a nuestro programa, realizada por Patricia Díaz Bialet. Poemas de Fermín Anastasio Grisalde, Yadi María Henao, Esteban Nicotra, Ana María Pedernera, Emilce Strucchi.




 

             
 
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