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Biblioteca virtual de poesía

Juan Carlos Moisés - Museo de varias artes (2006)

2009-05-17
| El Descubrimiento

Museo de varias artes
Juan Carlos Moisés
Viedma, El Camarote Ediciones, 2006


COMENTARIOS

El libro presenta la ceremonia de crecimiento de tres árboles y sus vinculaciones con la vida y la historia, pero también la espiral planteada por el lenguaje y la puesta en cuestión de las palabras.
(Gerardo Burton, El Camarote Nº 11, Viedma, 2007)


Pensar el ciruelo es pensarlo desde su disonancia, desde sus silencios, desde su improvisación. Él ejecuta desde su exhibición muchas músicas, muchos registros, como los que asisten al poeta. Moisés logra que esa cosa llamada ciruelo se transforme en sujeto, que escribe, que mira, que habla, y su lenguaje es díscolo, impiadoso, exasperado, atormentado.
(Fernando Kofman, en la sección “Lecturas”, “Museo de varias artes”, El Camarote, Viedma, 2006)


Poemas de: MUSEO DE VARIAS ARTES


EL CIRUELO

Ante su forma escurridiza
se tiene una sola sensación:
que nunca va a estar de acuerdo
con quien lo mire, menos
todavía con quien lo intente definir.

De entrada, es imposible asirlo
de cualquier modo como a un manojo
de ramas finas y quebradizas.
Parece que esas ramas dudaran
en su recorrido
y que no es¬tuvieran conformes
con el difícil camino trazado.
Se puede admitir
que no hay plan previo
para ser un ciruelo,
y creo que es en esto donde encuentro
un parecido con mi pulso
que improvisa
un trazo desconocido.

Estoy a punto de decir que está huérfano
de armonía y que es vano el intento
de encerrarlo en los límites de la escritura,
pero no tarda en aparecer
la verdad: pensar al ciruelo
será tan complicado como ignorarlo.

A mí se me hace que habla de algo,
que no se queda callado.

Sacar yuyos del rosal, guiar
la enredadera o caminar bajo el ciruelo
que habla de algo es lo que hicimos
durante el verano, pero eso
ya pasó.

Ahora la vocecita es
imperceptible, hay que acercarse
para oírla y a veces ni eso es posible
porque el árbol se vuelve esquivo,
no se entrega a la charla fácil,
tiene sus maneras, creo que me torea
como el perro pero sin ladrar.

(…)

Debería darse cuenta
de lo mucho que esperamos de él,
aunque nada espere de nosotros.
Por lo menos debería
esperar lo inesperado.
Tratándose de vecinos
el entendimiento es lo primero.
No será necesario decirle
que no se va a librar así nomás
de nuestra compañía.

En los días de junio
mis ojos miraron y volvieron
a mirar, una y otra
y otra vez más, atraídos por algo
que no terminaba de manifestarse.
Puede no ser sufic¬iente para hablar
del quid del ciruelo.
Todo rastro piadoso
fue borrado en este tiempo,
desde la caída de las primeras hojas
hasta la desaparición de las últimas.
Las verdades son a largo plazo.
Y si bien el ciruelo está de cara al invierno
todavía no sabemos quién
se mira en quién.
Sabemos que las ramas buscaron
la pared cercana, la ven¬tana en otro costado
y el aire sobre el techo de cinc;
nada las detuvo.
Fueron, por último,
hacia el terreno contiguo,
saltaron el cerco divisorio,
cayeron y se elevaron a gusto,
porque en ambos planos está el sentido
de su naturaleza.

Tal vez desee -y no le salga-
como el cisne de cuello negro
trazar con su vuelo, sobre el lago,
una línea ilegible
antes de convertirse
en nada.

Lo prohibido le atrae,
aunque sepa y no haga caso
del riesgo.
Por ahora no parece el pensamiento
sino la pasión la que hace
el trabajo grueso
de abrirse paso.

(…)

Hablando de las cosas
hablamos de las cosas.
Porque la cuestión es hablar,
si no hablamos todo se cae.
Después viene mi tío a decir
que hablando nada se gana,
pero que hay que hablar para no perder
lo poco que tenemos.
Al ciruelo lo pierde, a la vez
que lo define, su curiosidad.

El salto sin palabras es ilimitado
y es al tanteo; puede ir e irá
hasta donde digan sus deseos
antes que sus posibilidades.
En ese ágil y desordenado estiramiento
se prueba la similitud con el damasco
y la diferencia con el manzano.
Mientras uno de ellos busca
su parte de cielo
el otro no sabe hacerse el distraído
con sus restos que se pudren en la tierra
fuera de toda consideración:
los inocentes siempre dicen la verdad
y acá no tienen mucho que hacer.

El desorden de las ramas del ciruelo
se torna evidente; sólo después
de un momento de observación
podemos adecuarnos
a cada uno de los planos,
independientes entre sí,
que no obstante suman un todo,
como si el divorcio de la forma
entre cada una de las partes
fuera nada más que engaño momen¬táneo.

(…)

La tentación por los flancos le sirve
para abrir como la gallina las plumas;
de ese intento nadie puede participar,
ni tirar ni empujar del carro
sin que parezca un experimento ridículo.
En esa contorsión se olvida de sí mismo,
del sustento que le dan los pies
aferrados a una sola raíz;
en el puño te agarro, parece decir.

Lo consistente permanece callado.
Lo efímero se balancea medido,
preciso, hacia los extremos,
y semeja fugarse sin demasiada tensión.
Se fuga, es cierto, donde termina
el ciruelo, y a veces antes,
a juzgar por la disposición
de unos brotes con aspecto de agujas
que en conjunto, en hebras que se abren,
logran dar la forma que semeja una huida.
Esas puntas con aspecto de dardos
pare¬cen contradecir al resto del ciruelo.

En esa brevedad se tensa,
mientras mantiene una postura
de inusual comodi¬dad;
son pequeños fogonazos
que descompuestos en partículas
de luz y traducidos en líneas
vienen a conformar las puntas rectas
que hieren el aire.
Es el último esfuerzo de los brotes
para no ser límite, materia irreal.
Con el último aliento es capaz
de decir yo soy la realidad
y no picárselas, quedarse
para asistir al final del acto.

Sin hojas, sin nada,
estaba desprovisto el ciruelo
cuando cayó la primera nevada del año.
Blanco el arbolito, car¬gado, inmóvil,
ni incómodo ni quisquilloso,
algo buscaba enunciar;
las nubes densas habían bajado,
el cielo estaba en la punta de la nariz.

La nieve nos recuerda cosas
y prod¬uce asociaciones que se adelantan
a los hechos y a la esquiva
finalidad de la poesía.

El sol se descomponía
en los cristales helados de la nieve
alrededor del ciruelo,
nuestras manos se hundían para sentir
el espasmo del frío, y no tardamos
en saber que nos recorría el cuerpo
como una descarga eléctrica.

Los recuerdos, los muchos recuerdos
de unos años perdidos y recuperados
y perdidos sin remedio
quedaron a la vista.

Las ramas, sin pereza, soportaron
el peso de los copos acumulados
que permanecieron varios días
prendidos desde arriba.
Se modificó el aspecto del ciruelo,
recuperó su actitud del verano,
ya que no su forma perdida,
y en parte se oscureció la corteza
que ha quedado a la vista,
en contraste con una palidez que se marca
en fetas y en filetes.

Todo esa escena pasó, por el momento,
y las ramas están ahí, invernando,
dispuestas a seguir su tic.
El podador prometió venir
ni bien escampe el mal tiempo;
hará lo suyo con las tijeras afiladas
y con el serruchito curvo
de dientes parejos.
Pero no son escarmientos que duren;
cuando vuelvan sus fuerzas
las ramas van a seguir
cada una por su lado buscando
un camino infrecuente para llegar
adonde tampoco saben.
Para qué saberlo, si en la experiencia
se revela el descubrimiento.
¿Sólo por temor, inseguridad, duda?
No es algo de lo que pueda
preocuparse el ciruelo mientras tenga
la ilusión de la aventura.

Para el ciruelo el tiempo
es expansión, no dirección.
Es nuestra mirada la que se confunde
con pasos que siguen una ruta abandonada.

A cada pregunta el ciruelo dirá no,
no nuevamente, y lo repetirá
siempre que el sí asome
como una invitación.

El árbol es esquivo
y el zigzag es el movimiento común
de quien sólo se anima a vivir el día.
Pero el zigzag es ininterrumpido;
el zig, el zag, la liebre y el perro detrás:
imposible anticipar un dibujo
o una moral para el ciruelo.

La forma desprolija es uno de sus rasgos,
un lenguaje sólo traducible
por las sombras que proyecta
en la pared, figuras deline¬adas
como un doble de sí mismo,
hasta ser él mismo la sombra del que fue.

No hay dudas: todo es uno,
sombra y ciruelo, sin separación,
y cualq¬uier probable pensamiento
o definición se va perdiendo bajo ese trazo,
cosa viva, en continua rebelión,
inapresable.



DATOS DE JUAN CARLOS MOISÉS

Nació en Sarmiento, Chubut, en 1954. Publicó Poemas encontrados en un huevo (1977), Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Palabras en juego (2006) y Museo de varias artes (2006 – 1º premio Fondo Nacional de las Artes). El ojo de mi caballo (2009, cuadernillo Campaña Nacional de Lectura).
Dirigió el elenco teatral “Los Comedidosmediante” con el que recorrió varias ciudades del país y participó en festivales provinciales y nacionales. Autor de La casa vieja (1991), Pintura viva (1992), Muñecos, un cuento de locos (1993), El Tragaluz (1994), Desesperando (1997) y La oscuridad (2002), todas estrenadas. Obras editadas: El tragaluz (2007 - en Dramaturgos de la Patagonia argentina, Argentores) y Desesperando (2008 – Instituto Nacional de Teatro y Argentores).
Como narrador, dibujante y guionista de historietas ha publicado trabajos en medios gráficos.
Vive en su pueblo natal.


 

 
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