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La lengua como política
Juguetear con las palabras
2009-02-05 | Daniel Freidemberg
La lengua como política
JUGUETEAR CON LAS PALABRAS
Hay una patética inocencia –aunque nadie es del todo inocente en estos casos– en alguien que supone que, cuando se discuten los lenguajes, lo que se está discutiendo es nada más que lenguajes, al menos cuando se discuten lenguajes políticos. Un tanto descolgada en cuanto a su sentido de la oportunidad, u obedeciendo a un sentido de la oportunidad muy propio, Jorge Altamira, emitió días atrás una descalificación de las peocupaciones “semánticas” mediante las cuales –según su particular criterio– los intelectuales nucleados en Carta Abierta habrían escamoteado un pronunciamiento sobre la concreta realidad político-económica, en una explícita referencia a la primera de las cartas públicas de ese nucleamiento, la que le dio el nombre, emitida en un ya remoto 27 de abril de un 2008 que hoy parece teñido con la pátina de otro siglo.
¿Por qué se le habrá ocurrido recién ahora? Como, a diferencia de Altamira o de otros voceros de la izquierda omnisciente, sé que no estoy dotado de la divina capacidad de saber qué piensan y quieren otras personas, me quedo con la incógnita y me limito a constatar que, al pronuciarse respecto del conflicto interno que viene sacudiendo a la Sociedad Argentina de Escritoras y Escritores (SEA), en cuya conducción tiene una presencia determinante el partido que lo cuenta como figura tutelar, Altamira aprovecha, como quien dice “ya que estamos”, para tirar una patada a Carta Abierta.
¿Qué tiene que ver el hecho de que, por una serie de motivos –varios de los cuales, dicho sea de paso, rechazo–, una cierta cantidad de escritores haya renunciado a la SEA a raíz de una declaración de su Comisión Directiva (que condenaba la masacre perpetrada por el Estado de Israel en Gaza), con el “torrente de palabras sobre el conflicto sojero” que Carta Abierta publicó en abril “sin pronunciarse sobre él en ningún momento, sino solamente para desentrañar su semántica, o sea el lenguaje del que se valía la Comisión de Enlace” (así es como Altamira lo presenta)? Bueno, algo tendría que ver si se sigue el hilo de la argumentación: dejando de lado que el nombre no es “Comisión” sino “Mesa” de Enlace (pero a Altamira le tienen sin cuidado las palabras), lo que habría en común es que los renunciantes “han elegido la conducta más pulsilánime: juguetear con las palabras”.
Si este fuera el momento y el lugar para comparar las declaraciones en que se expresan los motivos de las renuncias y la primera Carta Abierta, cualquiera que no vaya decidido a encontrar lo que necesita previamente encontrar vería que nada o muy poco hay en común entre ambos modos de “juguetear con las palabras”. Pero, como no hay aquí posibilidad de efectuar ese cotejo, apenas puedo hacer notar que parece haber en el hecho mismo de hacer algo inusual con la palabra un factor que al veterano tribuno trotskista le resulta intolerable, pero más aun que eso importa, o resulta particularmente interesante, el argumento al que recurre para referirse a Carta Abierta, por lo mucho que da a pensar y porque entre otras cosas sirve para mostrar que las palabras –sus palabras, en este caso– dicen mucho más de lo que dicen, cuando se las sabe leer. Práctica para la cual no hace falta un gran conocimiento especializado: basta estar realmente dispuesto a hacer uso de la capacidad intelectual de la que por gracia divina o evolución de los primates estamos provistos, aunque discursos como el de Altamira den por supuesto que no.
En ese sentido, hay razones para agradecer esa inopinada inclusión de la referencia a la primera Carta y a la reflexión que ésta (como las otras tres cartas) plantea sobre el lenguaje. No porque esa inclusión aporte al debate sobre algunos escritores argentinos y la matanza de Gaza (por el contrario, lo desvía y lo entorpece), sino porque pone sobre el tapete una cuestión acerca de la que nunca será poco lo que se insista, y que marca una diferencia irrevocable y constitutiva entre Carta Abierta y los modos de pensar la política que todavía sostienen algunas organizaciones y personas. El tema es cómo este y otros hombres que piensan y hacen política en la Argentina –y si lo cito a Altamira es porque sirve como muestra de un pensamiento que lo excede a él y a su partido– conciben la relación entre los usos del lenguaje y la política.
Hay una concepción simplista y autosatisfecha de la relación entre las palabras y los hechos políticos, que supone una negativa a priori a considerar si lo ya establecido y aceptado en esa relación podría ser visto de otra manera, cuando alguien, como ocurre en el texto de Altamira, sostiene (luego de ironizar –hasta donde le da el ingenio– que “lo que descubrieron” los redactores de Carta Abierta “es más antiguo que la rueda: que los sojeros buscaban disimular sus intereses particulares como propios de la sociedad en su conjunto”) que “a los intelectuales en cuestión no les importaba atacar la distorsión real de la realidad, a saber, que un puñado de capitalistas terratenientes explota a una mayoría de obreros y consumidores, sino sólo su distorsión enunciativa. Reescrito el texto, eventualmente, les sigue importando un bledo que la realidad siga con sus atropellos e injusticias.” La primera respuesta que correspondería es “Altamira, aprenda a leer: todo eso que dice que falta, no falta, pero usted no se dio cuenta”. ¿O no quiso darse cuenta? Tampoco importa, porque la cuestión acá no es Altamira ni el Partido Obrero, sino un modo de leer que impide percibir ciertas cosas debido a la concepción del lenguaje político del que depende, y a una concepción de lo político en general que no es capaz de admitir que se pueda hacer política de otro modo que el único que se conoce y que se sigue ejerciendo por default o inercia, como si cualquier posibilidad de reconsiderar algo equivaliera a pasar al campo enemigo.
La falencia que más de una vez se le reprochó a Carta Abierta es una falencia que se puede reprochar al discurso de una organización que se dedica a pontificar, recetar, anunciar cuál es la salida, ofrecer la clave ante cuya milagrosa presencia todo se presente nítido y comprensible, altamente gratificante para el “ego militante” del poseedor de esa clave, pero el problema es que lo que intenta Carta Abierta es en buena medida lo contrario: disolver las seguridades, poner en cuestión los supuestos, interrogar e interrogarse, ante todo para evitar quedar enganchados en las trampas de los sentidos congelados y/o confortables, y a eso se vincula precisamente su obsesión por los lenguajes. No es tanto lo que la palabra dice sino lo que oculta, lo que se le hace decir, lo que se induce a entender. Es la imposibilidad de dudar, de cuestionar, precisamente por imposición de la palabra y por su recepción acrítica: eso es pura política.
Poner en escena el hecho de que “el conflicto del campo” fue en cierta medida creado por una enorme usina de significaciones no es dejar de atacar la “distorsión real de la realidad” (interesante juego de palabras el de Altamira, ¿se habrá dado cuenta?) ni olvidar la explotación ni quitar importancia a los atropellos y las injusticias, ya que lo que Altamira llama “distorsión enunciativa” fue más que decisivo para sostener la movilización patronal agraria, concitar el amplio apoyo que ésta obtuvo y ocultar qué era lo que realmente estaba en juego ante los ojos azorados, hastiados, excitados o indignados de millones de televidentes, transeúntes de las rutas o murmuradores en las colas de caja de supermercado. El lenguaje estaba produciendo realidades concretas y había una tarea ética y política que llevar adelante. Las palabras que la sociedad barajaba o intercambiaba venían cargadas, enviciadas: había que denunciarlas, mostrar su revés, sus resortes. Pero además el vocabulario disponible para describir lo que estaba pasando no era suficiente en semejante situación, nunca antes dada de ese modo en la historia argentina, y en buena medida por eso fue posible que se impusieran como stickers aviesos sobre los cerebros y los cuerpos las palabras preformateadas de la estafa y la manipulación. Había que buscar otro vocabulario. En los tiempos que vivimos, muy distintos de otros tiempos, sigue siendo tarea prioritaria buscar otro vocabulario.
A esa tarea sigue abocándose, entre otras, pero muy especialmente, Carta Abierta: “Vamos hacia lo que no sabemos decir todavía”, escribió, muy poco antes de su muerte, uno de sus fundadores, Nicolás Casullo, y agregaba: “Si las cosas ya no se escriben de otra forma ya no se escriben más”. ¿Jugueteos con el lenguaje o lucha por los sentidos de las palabras, intento de devolverle a la palabra militante su capacidad de intervención en un mundo en el que las palabras tienden cada vez más a jugar en contra de cualquier intento de emancipación, interponiéndose, acumulándose para contribuir como cualquier otro estupefaciente de la sociedad de consumo a pasar de cualquier modo el rato?
La batalla por el uso de las palabras y por el sentido de las palabras, y por los modos en que las palabras dan sentido a las imágenes –parte de eso que se ha dado en llamar “la batalla cultural”– es decisiva y no sólo se da en la lucha principal, contra las verdades construidas por las usinas del sentido común (el imperio mediático, la creciente incapacidad de articular ideas y palabras que tienden a imponer las nuevas tecnologías) sino también implica hacer frente a las viejas verdades del estereotipo político, y esto vale tanto para la derecha como para la izquierda, para el costado nacional como para el liberal y el marxista, en tanto el significante coagulado y vaciado de sentido de tanto repetirse como un puro rito formal para beneplácito de dirigencias y “cuadros de fierro”, convertido en monumento o consigna cerrada sobre sí misma o solución imaginariamente aliviadora del conflicto, impide pensar con un mínimo de potencia creativa, con una mínima posibilidad de imaginar y de ver si la palabra tiene algo que ver con el vigor del acto. Potencia poética, al fin y al cabo, si como “poesía” se entiende no “sonido grato” o “bonita ilusión sonora” sino modos que lo real concreto encuentra para filtrarse en el siempre esquivo orden de la lengua y, cargándola de lo inesperado, darle una presencia que puede concernirnos concretamente.
Daniel Freidemberg
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